Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba, junio (www.cubanet.org) - Eduardo Hernández vive solo
pero cada día visita a sus padres, en cuya casa come y hace la sobremesa
sin preocuparse por nada. Su progenitor trabaja en una de las fábricas
del municipio Cotorro, al sureste de La Habana. El viejo gana poco, pero
comercializa por la izquierda algunos productos de la entidad.
El padre de mi vecino no es un caso aislado. Muchos trabajadores tienen
"su búsqueda" en las fábricas, almacenes o en los centros comerciales
donde laboran. El mercado negro se nutre de quienes arañan la economía
estatal. La gente no se siente dueña de nada, pero se apropia de
cualquier cosa.
En municipios como El Cotorro, Boyeros, Guanabacoa o San Miguel del
Padrón, el desvío de recursos es habitual. En el primero de estos
territorios industriales, la prosperidad de las personas depende del
"invento". Los jóvenes "hacen dinero" de lunes a viernes para la fiesta
de fin de semana.
Janet vende aceite y galletas a domicilio. Ya no labora en la fábrica,
pero mantiene los contactos. Ella "explotó", más no era la única ni la
última. Sus ofertas compiten ventajosamente con los precios de las
tiendas estatales.
Una "red de ninjas" salta las cercas de la cervecería Hatuey, actual
Guido Pérez, mártir local evocado por los trabajadores que gritan su
nombre en los actos de la fábrica, mientras piensan en las ganancias de
los sacos de cebada, producto imprescindible para producir cervezas,
vendidas discretamente en cajas y en pomos plásticos.
Hace unos meses, uno de los implicados en una operación clandestina
contrató a un matón y entró con este, pistola en mano y enmascarados, al
taller donde sus cómplices guardaban los sesenta mil pesos. La
investigación policial favoreció la detención de los atracadores y la
debacle de la banda. El juicio reveló los entresijos de varias
infracciones y la complicidad de custodios y funcionarios de la Hatuey.
Otro centro lucrativo es el Complejo Lácteo de La Habana. Allí los
delitos contra la economía tienen en jaque a los directivos, a los
custodios y a los agentes de la Seguridad del Estado. El robo es
habitual. Los empleados roban bolsas de leche y de yogurt, tinas y potes
de helados, queso, mantequilla y componentes alimenticios de difícil
acceso para la población. Roban para el consumo familiar o para vender a
domicilio. Los más audaces contratan camiones para transportar mayor
cantidad de mercancías, a veces con papeles acuñados por la
administración y hasta en vehículos de la propia entidad.
Las fuentes consultadas aseguran que muchos trabajadores del Complejo
Lácteo de La Habana hablan con desenfado sobre "sus búsquedas"
cotidianas. Entran en la empresa para "asegurar el melón –dinero- y
comer todo lo que pueden durante la jornada". Tal vez por eso, los
juicios en el tribunal municipal no conmueven a nadie.
La administración despide a los infractores, pero éstos contratan a un
abogado que los represente. "Si son restituidos en sus puestos siguen
robando", comenta un jurista decepcionado por la reincidencia de tres
malhechores defendidos por él.
Hace poco, un juicio laboral inquietó a jueces y abogados. Una veintena
de trabajadores de la textilera La Facute, actual 9 de abril, apelaron
contra la medida de despido, pero la administración de la fábrica trajo
un video –algo borroso y mal enfocado- que revelaba el rostro de varios
infractores, mientras sustraían pacas de frazadas de piso y otros
productos. El uso del video sorprendió, aunque los afectados dijeron que
los funcionarios trataban de encubrir diversos robos.
Sucede lo mismo, pero en menor escala, con las cabillas de la Antillana
de Acero, sacadas en trenes y camiones de hornos y almacenes. Los
constructores privados se nutren así del metal necesario para placas y
zapatas, así como angulares para puertas y ventanas de las casas.
Decenas de soldadores de El Cotorro han prosperado con las plantas
metalúrgicas de la localidad, pues no existen ferreterías ni almacenes
que suministren esos materiales, aunque la carpintería de aluminio
empieza a despegar con precios estratosféricos.
El desvío, apropiación y venta de productos es notable también en la
Gomera de El Cotorro y en la de Cuatro Caminos, donde "los ninjas"
coordinan con los custodios, a pesar del descalabro técnico de esas
fábricas, las cuales están casi paralizadas en espera de inversiones
extranjeras.
Una funcionaria de la Gomera me comentaba: "La gente se habitúa a robar;
si no hay tenis se llevan los neumáticos de bicicletas, los rollos de
nailon u otra cosa que le aporte dinero, sin pensar en la ética ni en
las consecuencias económicas de sus actos".
No comments:
Post a Comment