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Tuesday, April 18, 2017

Fidel está vivo y comestible

Fidel está vivo y comestible
MARTÍN PELÁEZ | La Habana | 18 de Abril de 2017 - 07:39 CEST.

Para la oficialidad cubana la muerte de Fidel Castro significó la
pérdida del centro gravitacional que daba coherencia a una estructura
ideológica. Sin embargo, rápidamente se utilizó su deceso como palanca
para impulsar la reafirmación política. Los nueve días de duelo nacional
fueron la prueba más elocuente. El recogimiento sistemático de la
población, la conciencia de que esta actitud era la más adecuada y
saludable, demostraron que Fidel, aun muerto, lograba generar un
liderazgo carismático, un potente control del comportamiento de la
ciudadanía.

El duelo nacional afirmó la necesidad de extender la vida útil de Fidel,
como si se tratara, digamos, de un almendrón. La misma carrocería parece
empujada por el viejo motor. En este sentido, retardar la lógica
obsolescencia de su pensamiento se convierte hoy en una práctica de
conservación. Se trata de garantizar la sobrevida simbólica del Líder
para enfrentar la crisis de liderazgo y el déficit democrático del país.
Falta por descubrir si esta sobrevida supone un auténtico empeño de
conservación o es solo una artimaña para crear consenso. Mientras tanto,
sería interesante explorar sus formas.

En primer lugar, sorprende su carácter paradójico. Con la ley del 27 de
diciembre de 2016, el uso del nombre y la figura del Comandante en Jefe
pasa a estar completamente prohibido. Es ilegal reproducir su efigie en
bustos o monumentos; del mismo modo que su nombre no sirve para bautizar
calles, plazas o instituciones públicas.

Esta curiosa idea, que cumple la última voluntad del moribundo, choca
con una realidad en que retratos, carteles, menciones en programas
televisivos y crónicas periodísticas saturan la cotidianidad del cubano
con citas e imágenes. Fidel se ha vuelto ubicuo.

Él, ha dicho Raúl, descreía de la gloria póstuma como el Apóstol José
Martí, porque toda gloria cabe en un grano de maíz. De este modo se
induce un vínculo con Martí que consolida la equivalencia "Fidel es
igual a Cuba". De hecho, hay un notable indicio en la decisión de
cremarlo: Fidel se reduce a cenizas, se hace fecundo polvo estelar, puro
espíritu, esencia de la nación en las entrañas de un monolito.

Al romper con la tradición icónica de los líderes, la oficialidad
inaugura el culto animista de la palabra de Fidel. ¿No es acaso la voz
otra forma ideal del espíritu? El mantra básico de este nuevo fetichismo
de la palabra es el concepto de Revolución, que fue impreso y entregado
a los firmantes de los libros de condolencias.

Pero no se trata de un legado abierto al público examen. Como capital
simbólico de la oficialidad vigente, sospecho que su interpretación será
controlada por los administradores de la reforma económica en curso. A
fin de cuentas, ya administran la "Conceptualización del modelo
económico y social cubano de desarrollo socialista" y el "Plan de
desarrollo económico y social hasta 2030". Todo ese chorro ideologizante
del legado de Fidel será usufructuado para justificar cualquier utopía
(o distopía) que deseen implantar en Cuba.

Un ejemplo básico se da en las dos excepciones que concede la misma ley
que prohíbe el uso del nombre y la figura de Fidel. Por un lado, la
creación de una cátedra universitaria que divulgue su obra solo supone
el surgimiento de un cuerpo acrítico de estudiosos dedicado a la
peroración y la redundancia. Por otro, se sabe que la circulación de
obras estéticas donde el nombre y/o la figura de Fidel no estará abierta
a la lógica ambigua de la verdadera obra de arte.

La mejor herramienta para lograr la sobrevida simbólica de Fidel está en
los medios de comunicación estales. La situación de estos medios en Cuba
es realmente simple. Con la emergencia de una "esfera pública digital"
en los últimos dos o tres años, la atmósfera ha regresado a la década de
los 70, a la era de la vigilancia y los despidos. Este ambiente
caliginoso produce trabajadores dóciles que repiten industriosamente un
único relato del affaire Fidel: la vieja prédica de la fe en el muerto y
el drama mitológico del héroe cultural.

Pero hay más: de acuerdo al esquema de los ideólogos estatales, el
sonido y la furia del hombre deben pasar de los medios al sistema
educativo. El pasado 12 de enero este enroque fue confirmado por el
doctor Alberto Valle de Lima, pedagogo, al diario Juventud Rebelde.
Entre los cambios del sistema nacional de enseñanza, señaló el
funcionario, se tratará de "incluir armoniosa y creativamente en el
currículo y la vida escolar en general el ideario del líder histórico de
la Revolución Cubana, Fidel Castro, el significado de su vida y de su
ejemplo".

Frente a estas formas de apropiación simbólica habría que contraponer
esas maneras en que el pueblo, desde su autenticidad e imaginación,
rescata la figura del líder. En Camagüey, una provincia del interior de
la Isla, un restaurante estatal propuso un nuevo plato a sus clientes y
decidió promocionarlo alto y claro para que se supiera de su compromiso
político. Junto a un cartel sobre refrescos gaseados se proponía
consumir "La Completa del Comandante", en un gesto propio del carnaval
que recordaba, ciertamente, el fricasé de Penteo en la cena de Trimalción.

Sin dudas, la continua alusión a Fidel ha producido cierto hartazgo
entre la población cubana. Solo esta hipótesis podría explicar el salto
que algún chefde cocina realizó entre la ingestión simbólica,
discursiva, de Fidel, y su ingestión literal. Todas estas formas de
apropiación remiten a un imaginario escatológico que es, en última
instancia, una piedra angular de la ideología del socialismo cubano. Se
trata del imaginario que reproducían los jóvenes al corear por las
calles la consigna "¡Yo soy Fidel!".

Lo que no sabían estos jóvenes era que les había tocado cerrar una
etapa. Si en enero de 1959 el primer número de Bohemia se permitía
publicar la lista de los asesinados por la dictadura batistiana, bajo el
lema de "Los muertos mandan", en un empeño por ratificar la voluntad de
una mayoría que se ha sacrificado por el sueño común, lo que ellos
protagonizaron solo significa el paso de la pluralidad a la
singularidad, del sueño de muchos al sueño de uno solo.

Frente a este panorama, Cuba parece chocar contra un espejo
terriblemente sincero que le devuelve su reflejo, el de una Revolución
carente de contenidos novedosos, una Revolución sin líder, ni
romanticismo, ni programa político esperanzador: la Revolución de un
cadáver.

Source: Fidel está vivo y comestible | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1492446265_30442.html
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