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Wednesday, March 15, 2017

Los segurosos y la patria

Los segurosos y la patria
En sus placenteros cayos los segurosos siguieron con sus vidas,
sacrificadas por el supremo bien de la patria
José Gabriel Barrenechea, Santa Clara | 15/03/2017 11:11 am

Tanto se repetían frente al espejo que ellos eran unos patriotas que los
segurosos llegaron a creérselo. Esa sencilla gimnasia matutina, tras
afeitar sus bien alimentadas mejillas, consiguió que al montar en sus
motos Suzuki minutos después ya no les costara ningún esfuerzo poner
aquellas caras satisfechas de perdonavidas. Las que junto a sus
pulóveres a rayas y sus carpetas mugrosas llegaron por entonces a
identificarlos.
No es que fueran muy dados a las dudas. De procedencia guajira en
primera, o si acaso segunda generación, no podían aún percibir esas
sutilezas del estado civilizado a que solo puede acceder un miembro de
tal estrato social si es que es un genio. Mas ninguno de ellos lo era,
porque en primer lugar una institución como a la que pertenecían nunca
les daría entrada a individuos tan problemáticos.
Aun con rimbombantes títulos universitarios en las paredes de sus
confortables "casitas", los segurosos lo entendían todo de una manera
muy plana, como contenido aprendido mediante esquemas y enumeraciones de
fácil memorización. Ellos no armaban mundos en su interior, mundos
vastos y coherentes, coloridos y a la vez inestables. Y es que se
entiende, no había tampoco mucho espacio detrás de esas satisfechas
expresiones, que no se les salían del rostro ni aun cuando con un
vigoroso golpe de timón le escurrían la cabeza a una cornisa, un balcón,
o en general a uno de esos fragmentos de la patria que por entonces se
nos caía a pedazos. Solo una inmensa soberbia, para mirar con altanería
a quienes no formaban parte de la institución, y un lacayuno respeto
hacia todo el que dentro de ella estuviera por encima de ellos.
Pero, aunque no eran absolutamente dados a ese primer paso en la
configuración de un criterio, valga la aclaración que propio: las dudas,
no obstante, en los tiempos en que comienza nuestro relato La Cosa
estaba fea. La Cosa, se entiende, ese amorfo estado desde el que en
cualquier momento podría aparecerles alguna sorpresa que rompiera la
tranquila ausencia de actividad cerebral, al menos superior a la
memorización, que ellos se ocupaban de mantener. Por el bien de la
patria, claro está.
Por fortuna ocurrió entonces un hecho que vino a salvar a la patria: Se
murieron al unísono todos los viejos comemierdas que ya lo único que
hacían era jeringar con tanto escrúpulo (expresión que, para descargo de
culpas, tomo literalmente cual se la pronunció en cierta y muy poblada
por vitaminados coroneles oficina segurosa del poco iluminado
Departamento 21). Antes he dicho por fortuna, de lo que me disculpo: Al
parecer unos cuantos meses antes en esa misma oficina, y con esos mismos
muchachones de tan buen color, se tomaron ciertas decisiones que
influyeron, de manera determinante, con tan repentinos y coincidentes
decesos: Una cierta manipulación de ciertas botellas de vino importado
de muy buena calidad… ciertas alteraciones químicas en algunas píldoras
de Viagra…
La reacción de los segurosos no se hizo esperar. Debido a que la muerte
de los viejecitos ocurrió en la madrugada, ellos renunciaron a su
gimnasia matutina. O sea, y una vez más por el bien de la patria, no se
repitieron una y otra vez que ellos eran unos patriotas.
Para esa tarde ya habían puesto bajo control todo el país, y esa misma
noche pasaron por las armas a cuanto tipo muy fuera de lo normal
anduviera por sus calles, terraplenes o trillos.
Es bueno aclarar, en pro de reconocer la eficiencia de la institución
segurosa, que ellos tenían muy bien contralado en sus archivos hasta el
último habitante del país, con la última y más escondida de sus manías
registrada en documentos cargados de faltas a la ortografía y a la
gramática; que fuera de lo normal significaba para ellos cualquiera que
aun en la más extrema e improbable situación resultara potencialmente
capaz de rebelárseles… y que esa noche el país se redujo a poco más de
la mitad de su población original.
La felicidad no llegó tan rápido, no obstante. Esa misma siguiente
mañana, mientras retomaban su ya tan mentada gimnasia matutina,
detectaron un muy serio problema. Tanto que algunos, los más
impresionables, se cortaron mientras se afeitaban. Y es que el
patriotismo de los segurosos se había relacionado hasta entonces con
vigilar, asustar y reprimir de cuando en cuando a esa mitad de la
población que ahora ya no estaba (más que camino de las fosas comunes),
por lo que, si querían mantener sus carpetas mugrosas, sus caras bien
alimentadas, sus pullovers a rayas y, sobre todo, sus Suzuki y sus
confortables casas, necesitaban asentar su patriotismo sobre nuevas bases.
La solución no tardó en encontrarse, cual siempre ocurre cuando sentimos
amenazadas esas vanidades de la vida que pueden ser una moto, Suzuki,
una modesta casita, o un par de docenas de libritas de pollo importado
de Minnesota. Un intelectual algo bitongo, de los emplantillados en la
institución, tuvo la providencial idea de que la verdadera patria había
sido la de los taínos.
La idea, sin embargo, fue pronto mejorada por cierto teniente coronel.
Tipo más realista, planteo y no sin sobrada razón, que lo mejor por si
las moscas y la economía seguía sin funcionar al nivel agrícola-alfarero
era rebajar la patria a la de los guanajatabeyes. En un final eran ellos
los primeros que de verdad se habían asentado en la Isla, y lo principal
y más importante: su economía era solo de recolección. Coño, que habría
que hacerla muy mal para no conseguir cumplir los planes ni a ese nivel.
La idea, por supuesto, solo sería aplicable si se seguía rebajando la
población de la Isla. Lo que se logró apelando al siempre eficiente
método del sorteo.
Mas como convertir a la patria en Guanajatabey implicaba aislar a la
Isla, de inmediato se levantó todo un sistema de vigilancia en las
costas. Los segurosos, de más está decirlo, se ocuparon de dicho sistema
de vigilancia. En algunos de los cayos donde antes habían existido zonas
turísticas establecieron poblaciones a las que se retiraron con sus
familias. Con lo que una vez más se demostró la inquebrantable capacidad
para el sacrificio patriótico de los segurosos. Porque es incuestionable
que al retirarse a aquellos ex paraísos turísticos se vieron obligados a
renunciar a poder compartir las verdaderas condiciones originarias,
patrióticas y guanajatabeyes, de su pueblo. Pero es que alguien tenía
que sacrificarse para conseguir contener al mundo exterior, para que no
se entrometiera en la más absoluta autodeterminación de que la Isla
hubiera disfrutado en toda su historia… al menos a posteriori del arribo
de los primeros invasores taínos.
En el interior de la Isla, por su parte, quedó la mitad de la mitad de
la… de la población original, que seleccionada entre los más faltos de
imaginación, sumisos, vagos, sin iniciativa o criterio, al cabo de par
de años ya vivía en efecto como guanajatabeyes.
En sus placenteros cayos los segurosos siguieron con sus vidas,
sacrificadas por el supremo bien de la patria. Durante décadas vivieron
de lo que poco antes de abandonarla habían requisado en la Isla, para
acercar así al nivel guanajatabey a los que quedaron atrás. Pronto, sin
embargo, estos recursos comenzaron a agotarse y ante los segurosos se
abrió de nuevo un dilema: ¿Qué hacer para subsistir en su patriótico
desprendimiento? Porque de modo evidente si querían defender a los de la
Isla del exterior no podían vivir como aquellos de cangrejos, caracoles,
o cortezas de marabú, y sin más herramientas que conchas, piedras mal
pulidas y alguna vara para nada recta.
Afortunadamente para esa fecha ya había llegado a la adultez una nueva
generación de segurosos, en la que el refinamiento había comenzado a
aparecer. En no poca medida ello se debió a que varios años antes, ante
el hecho de que los viejos programas en video-tape que se habían traído
sus padres de la Isla, los En silencio ha tenido que ser, los Julito el
pescador, los Día y Noche, los Sector 40, o los UNO… ya todos se los
sabían de memoria, se había comenzado a transmitir una selección de
programas copiados de otros países, exteriores, que todos dieron a
llamar El Paquete. Selección que un lustro después fue sustituida por la
libre recepción de cada cuál, en los modernos equipos satelitales que
los nuevos coroneles, delgados gracias a sus dietas y horas de gimnasio,
permitieron que la firma Suzuki distribuyera gratuitamente por los cayos.
Claro, esto no se logró con tanta facilidad. La inercia mental que
siempre se opone a las actualizaciones no tardó en hacerse presente.
Entre otras medidas hubo que empujar de un barco al ya mentado y para
entonces muy envejecido intelectual de plantilla, que en cuanto se
propuso lo del Paquete de inmediato clamó que si yanquización y otras
boberías que no cayeron nada bien en los oídos de los gimnásticos
coroneles. Cuarentones a quienes paladear con lentitud un buen whiskey,
y escuchar un vinilo de jazz clásico, todo ello mientras se contemplaba
desde la cubierta de un reluciente yate una puesta de sol, les resultaba
mil veces más atractivo que pasar las tardes en los interminables y
bulliciosos juegos de dominó adobados con mala cerveza y puerco frito,
que por generaciones de segurosos habían constituido el supremo modo de
divertirse de los miembros de la institución los domingos en las tardes.
En fin, que cuando se llegó al dilema crucial, la nueva generación
segurosa tenía lo necesario para dar con la respuesta adecuada: Se podía
vivir de los salvajes que sus padres les habían dejado a su cuidado, no
entendían ellos muy bien por qué. La Isla, en un final, podía ser
convertida en uno de esos grandes parques temáticos que existían por
allá afuera, por la civilización, según veían en las proyecciones de sus
televisores holográficos, marca Suzuki.
Estos coroneles, amantes del buen whiskey y del excelente jazz, quienes
en definitiva empujaron más que nadie aquella trascendental
Actualización del Modelo, son los que hoy dirigen "Cuba, 3.959 antes de
Cristo", el más exitoso parque temático el pasado año, 2059, según la
bien informada revista Anthropology Today. Son ellos y sus
descendientes, esos dorados y muy refinados muchachos vestidos de caqui
elastizado, quienes hoy dirigen y controlan las expediciones por la
Isla, o quienes en modernísimos deslizadores anti-gravedad, marca
Suzuki, se encargan de evitar que algún cavernícola isleño pueda traer a
la civilización su carga de virus, bacterias, parásitos y violencia y
mal olor.
La elaborada raza de los descendientes de los segurosos, que ya nada
tiene que ver con aquellos energúmenos de sus abuelos, que se afeitaban
nada menos que con cuchillas desechables del peor acero, y se imaginaban
amar esa comedura de mierda: la patria.

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