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Sunday, March 12, 2017

Cortesanas de la utopía

Cortesanas de la utopía
El castrismo prohibió la prostitución por ser algo propio del
capitalismo, pero ésta simplemente transformó su formato. Primero,
sobrevivió a cambio de poder e influencias: después, el dinero volvió a
la ecuación. La penuria hizo el resto
YOANI SÁNCHEZ, La Habana | Marzo 11, 2017

Una prostituta envejecida es como un libro con páginas ajadas que
describe la vida de una nación. Un manual de sobrevivencia para
acercarse a los vaivenes de la realidad, aprender su parte más carnal y
por momentos sórdida. Muchas de las cortesanas de la utopía en Cuba ya
son octogenarias. Pasaron de acariciar el pecho de sus ídolos barbudos a
que la artritis las azote en las largas filas para comprar el pan.


Hace más de medio siglo en esta Isla se decretó el fin del intercambio
de sexo por dinero. Nadie, nunca más, vendería su cuerpo por un poco de
comida, por una posición social o un mejor empleo. Las putas eran cosa
del pasado capitalista y en el país que se encaminaba a la utopía no
había espacio para tal debilidad. Tenían que transformarse en
milicianas, en trabajadoras destacadas e intachables madres del hombre
nuevo.

Pero la prostitución, ¡ay!, siguió existiendo. Como la lotería que se
sumergió en la ilegalidad tras ser proscrita y los chistes contra el
Máximo Líder que se protegieron en los susurros, el oficio más viejo del
mundo se rodeó de sombras. Los clientes ya no eran nacionales con unos
pocos pesos para gastarlos en el burdel más cercano, ni marineros
deseosos de recuperar en el trópico los largos días de continencia en
altamar.

Las putas eran cosa del pasado capitalista y en el país que se
encaminaba a la utopía no había espacio para tal debilidad
En lugar de eso, la meta de las cortesanas socialistas era terminar en
el lecho con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra, capturar a
algún jerarca del Partido Comunista o liarse con un ministro que le
proveyera de carro, viaje al extranjero o casa. El dinero en efectivo no
participaba en la operación. Ella daba caricias y él devolvía poder.
Eran los años de la poligamia revolucionaria en que un comandante que se
respetara necesitaba tantas queridas como medallas.


El proxeneta se transformó. Proliferaron los jefes de protocolo que
conectaban a estas dedicadas compañeras con los visitantes extranjeros
invitados por la Plaza de la Revolución. Con ropa ajustada amenizaban
las fiestas donde guerrilleros latinoamericanos intercambiaban copas con
etarras, líderes sindicales y diplomáticos de Europa del Este. Ellas
reían y flirteaban. Una Revolución es puro amor, pensaban ellos.


La caída de la Unión Soviética ocasionó un cataclismo en aquellas camas
donde se intercambiaban sudor e influencias, semen y privilegios. Con el
fin del subsidio llegado desde el Kremlin y las reformas económicas que
el oficialismo se vio obligado a hacer, el dinero recuperó su capacidad
de convertirse en bienes, servicios y caricias. La nueva generación de
prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado a Nicolás Guillén y
echado flores al mar tras la desaparición de Camilo Cienfuegos. Eran, al
decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo.

La nueva generación de prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado
a Nicolás Guillén y echado flores al mar tras la desaparición de Camilo
Cienfuegos. Eran, al decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo
El turismo internacional entró a mediados de los años noventa con sus
bebidas enlatadas, sus hoteles prohibidos para nacionales y sus damas de
compañía rebautizadas como jineteras. La propaganda oficial había
vociferado por todo el mundo que Cuba fue, antes de enero de 1959, "el
burdel de los americanos", pero chocó entonces con la evidencia de que
la Isla se erigía como el prostíbulo de europeos y canadienses.


Eran los años del remate, de los precios ridículos. Un jabón, un pomo de
champú o un par de zapatos bastaban para pagar los favores de estas
jóvenes que habían sido formadas para habitar el futuro y terminaban en
la cama con un hombre que les triplicaba la edad y del que ni siquiera
sabían pronunciar el nombre. El sueño que acariciaban muchas de ellas se
resumía en un contrato de matrimonio, la emigración y una nueva vida
lejos de Cuba.

Hoy, muchas de aquellas gráciles cortesanas -que inundaron con
vestimenta colorida las afueras de las discotecas- se han transformado
en madres o abuelas que pasean a su prole por un parque en Milán, Berlín
o Toronto. Con sus pensiones compran apartamentos en la Isla y regresan
dispuestas a pagar por un amante joven que suspire ante el pasaporte con
la nueva nacionalidad que ellas adquirieron con el sudor de su pelvis.

Son las supervivientes airosas de una dura batalla, pero otras solo
lograron una enfermedad venérea, largas noches en los calabozos y el
trato de groseros clientes que regateaban hasta el último beso.

La respuesta oficial contra las jineteras se concentró en la represión.
Detenciones, condenas a prisión y deportaciones forzadas hacia su
provincia de origen fueron algunos de los rigores que debieron sortear
estas trabajadoras del sexo. El chulo cobró importancia en la misma
medida en que la calle se volvió un riesgo. Ahora, muchas aguardan en
una habitación, ellos consiguen al cliente, cobran el dinero y
administran sus vidas.

Los conocidos pingueros no resultaban tan mortificados por la policía en
un país donde la tradición machista no estigmatiza igual a la mercancía
que viene empaquetada en cuerpo de mancebo
Floreció también la prostitución masculina. Los conocidos pingueros no
resultaban tan mortificados por la policía en un país donde la tradición
machista no estigmatiza igual a la mercancía que viene empaquetada en
cuerpo de mancebo. Ellos logran burlar la vigilancia y llenan cada
espacio del territorio nacional donde el acento delata a un visitante.
Pueblan el muro del Malecón, muestran sus endurecidos bíceps en las
playas más turísticas y la mayoría ofrece un servicio unisex que duplica
sus posibilidades y amplía sus ingresos.

Porque el dinero, ¡ay!, siguió comprando cuerpos. Mucho más en un
momento en que una nueva clase emerge a tropezones entre los despojos
económicos. Los nuevos ricos no llevan uniforme militar, sino que
regentan restaurantes privados o administran una empresa mixta. De la
mano de ellos el cliente nacional se ha vuelto a colar en la foto de la
prostitución cubana.

El incremento de las desigualdades sociales y el boom turístico que ha
vivido la Isla desde el comienzo del deshielo diplomático entre La
Habana y Washington han potenciado también el mercado carnal. En 2016 el
país alcanzó la cifra récord de cuatro millones de visitantes
internacionales. Los más solicitados vuelven a ser los clientes llegados
del país del Norte, esos yumas que la propaganda oficial creyó haber
extirpado de los burdeles.

Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque "no pueden
cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado"
En el reciente Simposio Internacional Violencia de Género, Prostitución,
Turismo Sexual y Trata de Personas realizado en enero pasado en La
Habana, un investigador del Ministerio del Interior reveló cifras
alarmantes. De un grupo de 82 prostitutas que estudió la mayoría eran
"mestizas, seguidas por blancas y negras, provenientes de familias
disfuncionales y permisivas, que viven en condiciones de hacinamiento".

Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque "no pueden
cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado". Una
de cada tres se inició en el oficio antes de los 18 años y "cobran entre
50 y 200 dólares", en dependencia del servicio que brinden.

No buscan lujos, sino migajas. Son las nietas de aquellas cortesanas que
jadeaban entre consignas y privilegios.

Nota de la Redacción: Este texto ha sido publicado este sábado 11 de
marzo en el diario español El País .

Source: Cortesanas de la utopía -
http://www.14ymedio.com/internacional/Cortesanas-utopia-prostitucion-Cuba-cubanas-prostitutas-Gobierno-Castro_0_2178982086.html
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