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Thursday, November 10, 2016

Ciudad underground

Ciudad underground
8 noviembre, 2016 8:03 pm por Alberto Alberto Rodríguez López

Alamar, La Habana, Alberto Rodríguez, (PD) Amanece en La Habana y los
que pueden abrir los ojos lo hacen. Salen de sus nichos poblados de
cucarachas y rajados. El peligro del derrumbe se deslizó en el sueño o
la pesadilla hambrienta. Mejor pasar de la vida a la muerte sin sentirlo.

La vecina baldea sobre lo mismo y tose un viejo al que le dicen Catana
en pos de su penúltima afeitada. Catana, ya lo sabe usted, es el
paradigma del viejo conocido.

Salimos al mundo bullicioso con un poco de café en las tripas. Y
mascullamos la próxima desgracia mientras el último de los mohicanos,
con su hacha tomahawk con banderita cubana, grita de corrido "viva el
socialismo próspero sostenible", y sale a recoger el dinero de la
lotería municipal.

Con suerte, asaltamos la guagua del tipo Yutong o híbridos catarrientos.
Con suerte nos atropellamos y no nos damos de trompadas. Con un poco más
de suerte, viajamos apretados con un grupo de estudiantes de
preuniversitario que hacen el recorrido agradable. Cantan reguetón,
moviéndose a su ritmo. Huelen a perfume caro y tienen hálito de alcohol
mañanero. Comentan, entre paradas, para tomar aliento, a cómo está el
precio en oferta de la prueba que se acerca.

El chofer sube su música, que canta "Cuba qué linda es Cuba…" y alguien
grita: "apaga esa mierda".

En el centro de trabajo nos espera la infusión de caña santa, un arreglo
de la dirección y el sindicato para calmar los nervios y matarnos por
hipotensión.

Nos enteramos que ha muerto Soledad. Tenía 54 años. Fue al médico al que
llaman PM, debe ser por aquello de potencia médica, que sabiendo que es
el corazón, le recetó diuréticos y calmantes. Soledad, ya lo sabe usted,
es el paradigma de la víctima conocida. Para no andarnos con menudencias
resaltando el folletín, Soledad tenía su joven hijo en Valle Grande.
Penando, en espera de juicio oral y ni el mismo fiscal sabe de qué
manera y mediando qué artilugio hará las conclusiones acusatorias.

Alguien decidió enterrar a Soledad lo más rápido que se pueda. Su ataúd,
igual al que nos toca a todos por mandato, es bajado verticalmente por
la escalera de la funeraria. El elevador no funciona por un apagón no
programado.

En el cementerio llueve. Las lágrimas se confunden con la lluvia. El
hijo llega esposado, cuando cierran la lápida.

Antes de entrar otra vez a nuestros nichos rajados, el último de los
mohicanos, tarareando su canción protesta, se nos acerca y nos propone
picadillo de los niños, a tanto la libra, o pescado de dieta, a más
cuanto el kilo. No tenemos para eso, decimos. O quizá no lo decimos.
Callamos o desconfiamos del mohicano.

En la noche, rezamos a cualquier santo que haya sido constructor:
Respetuosamente te pedimos, mi santo, que este edificio del siglo de los
tibores de palo no se raje más. No queremos morir aplastados. Bis.

Catana tose antes de apagar su pupila insomne con una cajita de planchao
a la distancia de su brazo.

La ciudad underground vive su segunda vida mientras intentamos dormir.
Salen las jineteras de la noche en busca del corcel que pague el
alquiler, los zapatos Gucci y ropa Chanel de una boutique de París. La
marca Mango no. Suena a fruta de aquí.

En los cafés la música de los cincuenta retumba descascarando las
paredes y los papelitos de droga se pasan de mano en mano. Muere un
chulo de cadena de oro por una puñalada advertida, y los colegas lo
velan esperando que llegue el patrullero que duerme salvando su pellejo
en la esquina más oscura. Ya lo sabe usted, nuestro proxeneta, es el
paradigma del hombre nuevo en busca de la libertad sexual y del trabajo
por cuenta propia.

Con suerte no contactan las rajaduras que harían colapsar el edificio
histórico. Con un poco más de suerte, no hemos muerto. Nos salvamos, por
un pelo canoso, de no visitar Colón y quedarnos en la más democrática de
las instituciones socialistas: la bóveda colectiva.

De cinco en cinco podemos, con mucha suerte, rememorar nuestras
aventuras mañaneras de la trasportación pública en la bóveda socialista.
Bailar reguetón, ofendernos con palabras de muertos, códigos
descifrables solo en la frialdad del camposanto. Darnos cuenta que tanto
estudio y compras de pruebas para sacar exámenes, de nada vale en la
claustrofobia de nuestros huesos tintinando como sonajeros.

Con suerte, antes de salir a la batalla diaria, despejándonos de nuestra
pesadilla anterior, seremos felices en un momento. Será un absoluto y
único instante en nuestras vidas ricas en sobresaltos estimuladores y
viajes sin pasaporte al centro de la tierra desgraciada. Es el minuto en
que podemos pensar, sin ataduras al pasado de la Cuenca Lechera y el
Cordón de La Habana, que en el 2030 colocaremos la primera piedra. Con
esa piedra, construiremos el socialismo próspero y sostenible con la
ayuda, clamada por todos los medios, del capitalismo próspero y
sostenible, a sólo 180 kilómetros de nuestra ciudad subterránea.
otrebla262@gmail.com; Alberto Rodríguez; +5354481048

Source: Ciudad underground | Primavera Digital -
http://primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/ciudad-underground/
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