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Wednesday, October 12, 2016

Los cuatro aspirantes a escritores de la Calle 11

Los cuatro aspirantes a escritores de la Calle 11
CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se
podría catalogar de "memorias de la revolución"
Eloy A. González, Fort Worth | 12/10/2016 12:57 pm

La Calle 11 está en Tarará, si es que no le han cambiado la numeración.
Tarará sigue siendo aquella urbanización espléndida al este de La Habana
y cercana al mar; muy próxima también a mi historia personal. Tengo
entendido que le han cambiado su nombre por el de Villa Armonía para uso
y disfrute de los extranjeros.
Nunca he podido olvidar los atardeceres en Tarará caminando por la calle
Cobre paralela a la playa o cuando permanecía mirando las aguas de la
pequeña bahía que tomaban un color plateado brillante en aquellos
atardeceres. Estábamos casi terminando el último curso que nos preparaba
para llegar a la universidad. Fue en el año 1967 en aquella
casa-albergue de la Calle 11, donde coincidimos cuatro estudiantes del
último año de "Pre", que compartíamos sueños y atardeceres.
Por aquellas épocas no había muchas razones para los sueños, pero
jóvenes como éramos, estábamos ocupados en prepararnos para convertirnos
en "el hombre nuevo", lo que ya había sido decretado. No había muchos
espacios para poesías ni vuelos literarios. Cuando marchábamos,
actividad obligatoria dentro de aquella odiada disciplina semimilitar,
el jefe del pelotón gritaba como un poseso: "¿Quién va?" y nosotros
transitando la insania revolucionaria gritábamos a todo pulmón:
"¡Juventud de acero!".
Terminado los ejercicios, las clases y los cambios de miradas con las
chicas; quedaba ese tiempo de la tarde antes de sentarnos por dos horas
en lo que era el horario de estudio obligatorio, eran los momentos con
que contábamos para tener un mínimo de relación con nuestros semejantes.
Los aspirantes a escritores, en aquella casa de la calle 11, éramos
Arturo, Bartolomé, Carlos y Eloy, este último el mismo que hoy escribe
estas notas. Arturo, Bartolomé y yo compartíamos el mismo grupo y
estábamos en la misma aula. Influía sobre nosotros de manera muy
especial, una profesora de Literatura que hacía de las clases algo más
que un ejercicio obligatorio y aburrido. Beatriz Briseida, la profesora
de Literatura, nos enseñaba con entusiasmo las obras literarias y nos
motivaba a que visitáramos los museos y las exposiciones; insistía en
que no perdiéramos el tiempo "Rampa arriba, Rampa abajo" cuando salíamos
de pase o permiso los fines de semana. Carlos, estaba en otro grupo y en
otra dimensión, taciturno, de andar desvaído y con el rostro marcado por
la tristeza, se sentaba en el muro del frente de la casa a ver caer la
tarde; "ese sí es ya un escritor", me dijo en cierta ocasión Bartolomé,
y me lo creí.
Lo cierto es que Carlos hacía apenas unos meses había recibido el Premio
Nacional de Cuento de una conocida publicación periódica cubana. Esta
fue la razón por lo cual cada tarde me le acercaba para conversar con él
sobre literatura, algo que siempre resultaba difícil dado su carácter
retraído. Un día me dijo que escribiría un cuento para mí, así lo hizo y
me lo regaló. He guardado éste manuscrito por cerca de cuarenta años,
aún lo conservo. La historia de Carlos y su cuento: "El suelo de
adentro", será motivo de un artículo en su momento.
Arturo Pérez y Alonso, más cercano a Beatriz Briseida, era un lector
insaciable, leía de todo; además era un estudiante muy disciplinado. Su
aplicación era motivo de aversión colectiva. Decía que en el futuro
cualquiera que fuera la carrera o profesión que escogiera se dedicaría a
escribir. Nunca leí nada de lo escrito por él. Estudiamos juntos hasta
el segundo año de la carrera de Medicina, y no lo vi hasta unos diez
años después; amargado y cargado de pesares, me contó que era
especialista de medicina física y rehabilitación. En cuanto a la
literatura, no le interesaba para nada. En aquella ocasión nuestra
conversación fue intrascendente y solo me quedó un recuerdo amargo de ella.
En mi caso, por aquella época en que residía en la casa de la Calle 11,
estaba interesado en llegar a ser crítico de cine, algo lógico siendo el
cine de tal predilección que se convertía en una actividad casi
obsesiva. Leía todos los artículos de crítica de cine que aparecían en
la prensa periódica, los recortaba y guardaba. Unos años después escribí
una serie de poemas de temas intimistas y algunos largos relatos. Nunca
más escribí hasta la década de 1990, que lo hice escribiendo una serie
de artículos en contra del Gobierno que terminaron en la basura, cuando
después de haber sido detenido no tenía donde esconderlos. Desde hace
años retomé mis viejos anhelos de escribir, muy distinto ahora después
de vivir más de medio siglo, y siendo sorprendido por caliginosos
periodos y tristezas irreparables.
Carlos Victoria —¡ah a este sí lo conocen!— era aquel joven de hombros
caídos y algo encorvado, de aspecto triste y que un día me regaló uno de
sus escritos. Escritor novel en aquel momento, no lo vi más desde 1967.
Cuando me encontraba próximo a viajar al exilio, hallé en casa de un
amigo un libro de su autoría traducido al francés, con el título de El
resbaloso. Lo vi y esta vez lo pude saludar en el año 2003 en ocasión de
un encuentro del PEN Club en Miami; no fue necesario hablar, ya lo
habíamos hecho un año antes por teléfono. Carlos Victoria fue un
conocido narrador cubano, residió en Miami y trabajó en la redacción del
periódico El Nuevo Herald por muchos años. Murió en el año 2007.
He dejado para el último lugar y con toda intención a Bartolomé Morales
Cervantes, ¡y es que hasta nombre de escritor tenía! Este aspirante a
escritor también vivió en aquella casa de la Calle 11. De constitución
pícnica, cabezón (no por obstinado); tenía un raro aspecto que recordaba
a una persona proveniente de alguna tribu desconocida y remota; incluso
el color de su piel era indefinido. Eso sí, mostraba una sonrisa franca
y amplia y un hablar que revelaba mesura y educada dicción. Venia del
extremo oriental de la Isla, pero nunca hablada de sí o de su familia.
Fuera de las actividades habituales, se mantenía encerrado en el cuarto
independiente que tenía la casa.
Era un personaje paradójico. Aunque mostraba disciplina y buen orden, se
confinaba en el cuarto para no cumplir con el horario de estudio. En el
aula ocupaba los últimos pupitres donde dormitaba hasta que algún
profesor le dirigía alguna pregunta, se levantaba y contestaba con
rapidez y de manera correcta. Tenía una inteligencia privilegiada.
Fue Bartolomé Morales y Cervantes quien me dio la noticia de la
condición de escritor de Carlos Victoria y fue él quien, sin
proponérselo, un día me dijo que me daría a leer algunas de las cosas
que escribía. Esto me resultó una sorpresa, porque si bien Bartolomé
demostraba dominio de la Literatura, como asignatura, no hablaba mucho
de autores, libros y menos de actividades culturales de fin de semana.
De hecho, los fines de semana cuando todos salíamos de pase a La Habana,
él permanecía en la casa, sí en ésta, la de la Calle 11.
Bartolomé Morales Cervantes tenía su tesoro, dos gruesos cuadernos de
notas o libretas, con sus escritos. Un día me entregó uno de estos
cuadernos, medio centenar de hojas escritas con letra pequeña, de trazos
claros y firmes. Leí con fruición cada una de aquellas páginas y no
salía de mi fascinación ante aquellas líneas donde se expresaban
pensamientos variados, pequeñas anécdotas, epigramas y prosa poética que
reflejaban el hacer de un escritor cabal. ¡Bartolomé era ya un escritor!
Después que ingresé en la universidad nunca más supe de Bartolomé
Morales y Cervantes. Muchas veces pregunté por él cuando me encontraba
con alguno de los excondiscípulos que estudiábamos el último año de
"pre" en Tarará, aquel año de 1967. Ni una referencia, ni noticia alguna
de él.
Muchas veces me he preguntado que caminos tomó Bartolomé Morales y
Cervantes, aquel excepcional personaje que siendo un aspirante ya era un
escritor completo; habiendo superado la condición de escritor novel.
Nunca habló como era usual entre los alumnos de último año de sus planes
futuros.
Para muchos que lean estas notas que hoy escribo. Si algún día
encuentran alguien de nombre: Bartolomé Morales y Cervantes, oriundo de
la zona de Manzanillo, en Cuba, díganle que espero leer su segundo
cuaderno. ¡En eso quedamos aquella tarde de agosto del año 1967!

Source: Los cuatro aspirantes a escritores de la Calle 11 - Artículos -
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