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Wednesday, October 26, 2016

Añejas polémicas cubanas - el Palacio Municipal de Santiago de Cuba (II)

Añejas polémicas cubanas: el Palacio Municipal de Santiago de Cuba (II)
Segunda y última parte de este trabajo
Félix J. Fojo, Miami | 26/10/2016 11:20 am

Hoy Santiago de Cuba es una de las tantas ciudades de la Isla
(incluyendo, por supuesto, la propia Habana) que sobreviven a una
difícil y prolongadísima mala situación económica y que alimentan la
emigración hacia la capital de la Isla (y hacia Estados Unidos u otros
horizontes), emigrantes orientales que, muchos de ellos, por sus
precarias condiciones de vida, de vivienda y de documentos, se han
ganado en La Habana, digamos que injustamente, el despectivo mote de
"palestinos".
Lo cierto, y así entramos en materia, es que al santiaguero con afanes
de ilustración y crecimiento intelectual se le abrían siempre dos
caminos divergentes: emigrar, muchos lo habían hecho ya a través de la
historia y lo seguirían haciendo en el futuro, o dedicar sus esfuerzos y
saberes a enaltecer el patrimonio social y cultural de la ciudad, lo que
también hicieron otros muchos santiagueros.
Pero claro, en esa interminable batalla por el enaltecimiento de la
patria chica se suscitaban, como en todo tiempo y lugar, desacuerdos y
polémicas, sobre todo cuando del embellecimiento y modernización de la
ciudad se trataba y, no hay por qué negarlo, cuando la economía y los
negocios, sobre todo los derivados de los presupuestos gubernamentales,
flotaban en el ambiente.
Narremos entonces, muy resumidamente, una de esas añejas polémicas: la
del diseño, elección del proyecto, partida de presupuestos y posterior
construcción del nuevo, nuevo para entonces, porque su concepción era
básicamente colonial, del Palacio Municipal de Santiago de Cuba.
Veamos:
La investigadora santiaguera Alicia García Santana (2007) nos cuenta que
la Plaza de Armas de Santiago de Cuba, una villa trazada a regla y
cordel, reticular, según los patrones de los campamentos militares
hispanos de la época de la conquista, fue el centro de las actividades
civiles, políticas y religiosas de los pobladores, pero dejando en claro
que durante toda la colonia fueron los festejos religiosos los
predominantes.
En los quinientos años de vida de Santiago esa Plaza de Armas se ha
mantenido en el mismo lugar —consta en los Archivos de Indias que en
1663 el capitán general Rodrigo Flores de Aldana intentó llevar la
ciudad, muy despoblada entonces por el ataque y saqueo inglés de 1662,
hacia las cercanías del Morro, pero la cosa no prosperó— aunque sus
edificaciones sí han sufrido múltiples destrucciones, cambios y
reconstrucciones, entre otras cosas gracias a los ataques filibusteros y
militares externos, a los incendios, a los vaivenes de la fortuna (mayor
o menor ímpetu constructivo) y a las destrucciones producidas por los
grandes terremotos de 1766 y 1852 y a múltiples movimientos telúricos
menores —pero peligrosos— que los santiagueros denominan temblores.
Y entre esas edificaciones que rodean la plaza (actualmente se llama
Plaza o Parque Carlos Manuel de Céspedes) hay dos que de ninguna manera
podían faltar desde el inicio: la iglesia principal, en este caso la
Catedral, cuya edificación convirtió en ciudad a Santiago, y la Casa de
los Gobernadores, o Palacio de Gobierno, o Casa Consistorial, o Casa del
Cabildo, o Ayuntamiento, o Palacio Municipal, que de todas esas formas
se ha llamado en Santiago de Cuba a lo largo de los siglos.
Pero en Santiago habitualmente ocurrió —la iglesia fue fuerte y rica
casi siempre, generalmente más que el poder civil— que la Catedral
superó en prestancia y belleza arquitectónica al Palacio de Gobierno, un
hecho al que nunca se le dio demasiada importancia hasta el final de la
dominación española y el comienzo de la república. Fueron precisamente
los norteamericanos, al aceptar la rendición española de la plaza en
1898, e izar la bandera de las barras y las estrellas en el palacio de
Gobierno, los que demostraron la preponderancia que debería tener este
último sobre la Catedral, por lo menos en el ámbito civil.
El ritual de la rendición y traspaso de poderes de los españoles a los
norteamericanos celebrado en la Plaza de Armas y el Ayuntamiento fue un
hecho que no pasó inadvertido para el primer alcalde republicano de la
ciudad, Emilio Bacardí, quien instauró de inmediato una festividad civil
a la que denominó "La Fiesta de la Bandera", a celebrarse cada 31 de
diciembre, festejo que aún, más de cien años después, continúa
celebrándose. (recomendamos el interesantísimo estudio del historiador
Alejandro Pichel Verdasco titulado precisamente La Fiesta de la Bandera,
publicación de autor, 2013, un estudio que consideramos de mucha
utilidad y prácticamente único).
Crecía, por tanto, en la república, la preponderancia del gobierno civil
en Santiago de Cuba, pero lo cierto es que la Catedral, remozada en
1854, había crecido en monumentalidad, mientras que el Palacio Municipal
(databa de 1802), muy dañado —perdió toda la planta superior— durante el
terremoto de 1852, había decrecido, desnivelando así el equilibrio
paisajístico de la plaza y disminuyendo, de paso, la autoestima del
poder civil.
¿Qué hacer entonces?
Hubo dudas. Por ejemplo, el arquitecto santiaguero Francisco Ravelo
Repilado propuso construir —en la zona que hoy se denomina Ferreiro— una
nueva plaza cívica y un nuevo palacio de Gobierno, ampliando la vieja
Plaza de Armas y rodeándola de edificios modernos, presididos por la
Catedral. (Plan regulador de la ciudad de Santiago de Cuba, septiembre,
1940) La otra variante, mucho más sencilla y menos onerosa, era derribar
el viejo edificio del Ayuntamiento y construir un nuevo Palacio
Municipal en el mismo emplazamiento donde se ubicaba el anterior. Es
esta última variante, mucho menos costosa y más fácil de llevar a cabo,
la que gana la mayoría de las opiniones favorables.
Todo este proceso se cuenta aquí muy rápido pero las decisiones
constructivas demoraron, en realidad, más de cuarenta años, casi medio
siglo. Años de forcejeos políticos, de cálculos y más cálculos
económicos, de rivalidades sociales y disputas culturales.
Una especie de polémica ciudadana en cámara lenta.
En 1944 se crea la Comisión Pro-Monumentos, Edificios y Lugares
Históricos y Artísticos de Santiago de Cuba (¿largo, verdad?) y en 1947
comienza a funcionar la Universidad de Oriente, la primera fuera de La
Habana. Son dos instituciones que ganan cierto poder y comienzan a
presionar para dar solución al problema del Palacio Municipal. Algunos
líderes políticos (El alcalde auténtico Luis Casero Guillén, por
ejemplo) y personalidades sociales y culturales (Felipe Martínez Arango,
Ulises Cruz Bustillo, Pedro Cañas Abril, etc.) de la ciudad también se
involucran en el asunto, alegando, con razón, que Santiago de Cuba debe
evolucionar y adaptarse al siglo XX.
No obstante, el crédito financiero para la nueva construcción —500.000
pesos— no se aprueba hasta marzo de 1949 y la resolución definitiva de
la asamblea municipal para las obras no se obtiene hasta el 22 de
noviembre de 1950. Como dice un viejo refrán español que viene de perlas
en esta ocasión: Las cosas de palacio van despacio.
Comienza entonces el proceso de concurso —se nombra al arquitecto Ulises
Cruz Bustillo organizador del mismo y asesor técnico— que deberá escoger
el proyecto ganador. El concurso se abre el 31 de enero de 1951 y se
cierra el 30 de abril del mismo año.
No abrumaremos al lector actual con una sucesión de fechas, nombres y
eventos (Los interesados pueden encontrar todos los detalles en el
archivo de la oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de
Cuba/archivo doctor Francisco Prat Puig). Gana el concurso el proyecto
del arqueólogo y profesor de la Universidad de Oriente Francisco Prat
Puig y de los arquitectos Eduardo Cañas Abril y Raúl Arcia Monzón —este
discutido proyecto es el que se construyó por fin y existe hoy en día—,
y todo parece ir sobre ruedas hasta que… hasta que comienzan a protestar
los adversarios del susodicho proyecto, comandados por el accionista de
la Co. Bacardí José Pepín Bosch, que señala al plan arquitectónico como
decadente, obsoleto, y acusa al jurado seleccionador de cohecho (Diario
de Cuba, 2 de septiembre de 1951) alegando que el presidente de la
Sociedad de Geografía e Historia de Santiago de Cuba, Pedro Cañas Abril,
parte importante en el proyecto —y en el uso de fondos— era hermano de
uno de los premiados, lo que es cierto, como cierto es también que no
presenta pruebas concluyentes de delito.
La disputa fue larga, desagradable y dejó heridas en diferentes sectores
de las llamadas clases vivas de la sociedad santiaguera. Pero al fin se
impone el proyecto ganador, muy inspirado, por cierto, en el del
gobierno colonial de 1738 (ver imagen de arriba y comparar con la foto
de debajo). El argumento de no construir algo moderno en la Plaza de
Armas pesa entre los polemistas, un argumento que, también, por cierto,
se vendrá abajo con la demolición, muy poco después, del antiguo y
bonito Hotel Venus —equidistante de la Catedral y el Palacio de
Gobierno— para construir allí el modernísimo edificio del Banco Nacional
(ver foto debajo), que sigue ahí.
Para terminar. La construcción del nuevo/viejo edificio del Palacio
Municipal de Santiago de Cuba comenzó en marzo de 1952, al mismo tiempo
que Fulgencio Batista daba su golpe de Estado. Se concluyó, sin penas ni
gloria, en octubre de 1954. Se convirtió después en una imagen fugaz de
alguna prensa internacional con las fotos de la manifestación de las
madres santiagueras protestando por el asesinato de sus hijos (con la
presencia del embajador norteamericano en Cuba). Y se reinauguró, ahora
sí con bastante cobertura internacional, el día primero de enero de 1959
con el discurso de victoria, desde su balcón principal, de Fidel Castro.
Ese, justamente ese, fue el momento cumbre —en sentido histórico y de
comunicación social de masas— del nuevo Palacio Municipal y también, por
supuesto, de Santiago de Cuba. Castro, con su deslumbrante (así se vio
en ese momento) acceso al poder, prácticamente borraba de la memoria
histórica las vicisitudes y avatares del Palacio Municipal. De ahí en
adelante, y hasta hoy, la historia del edificio es rutinaria… y mustia.
Nota: Estoy en deuda con la rigurosa investigación de la Profesora María
Elena Orozco Melgar titulada El Palacio Municipal de Santiago de Cuba en
la recuperación de la memoria colectiva (Arquitectura y Urbanismo, vol.
XXXV, # 2, mayo-agosto 2015, págs. 19-40). De ese excelente trabajo
investigativo vino la idea para este ensayo.

Source: Añejas polémicas cubanas: el Palacio Municipal de Santiago de
Cuba (II) - Artículos - Cuba - Cuba Encuentro -
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/anejas-polemicas-cubanas-el-palacio-municipal-de-santiago-de-cuba-ii-327361
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