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Tuesday, August 16, 2016

Violencia social: reflexiones para reconstruir una sociedad

Violencia social: reflexiones para reconstruir una sociedad
ANA PAULA DÍAZ | La Habana | 23 de Junio de 2016 - 09:16 CEST.

Yanet Cruz Hoyos (La Habana, 1981), especialista en Psicología General,
ha estudiado con frecuencia la caracterización sociosicológica de
sujetos violentos en Cuba. Por el interés social de sus investigaciones,
que implican además un aporte al mejoramiento del abordaje profesional
sobre la violencia social, conversamos con ella.

De las problemáticas actuales que atraviesan a la sociedad civil cubana,
el incremento de la violencia, en todos sus sentidos, genera serias
preocupaciones. A ello habría que añadir que el desconocimiento
ciudadano sobre su naturaleza e impacto, minimiza su focalización y
prevención. Atendiendo a esta premisa, ¿qué es la violencia y cuáles son
sus manifestaciones más visibles?

El psicoanálisis plantea que, en sus múltiples manifestaciones, la
violencia es una forma de ejercicio de poder mediante el empleo de la
fuerza, ya sea física, psicológica, económica, política. Por ende,
comprender la conducta violenta implica conocer los contextos
explicativos que, desde la sociología, plantean que el poder suele ser
de tres tipos: fuerza, autoridad e influencia.

La violencia puede ser caracterizada y agrupada en tres categorías
—social, política y económica— aunque esto no debe suponer que en sus
diversas manifestaciones, tienen que pertenecer obligatoriamente a una u
otra.

Descritas de modo general, la violencia social se utiliza para promover
intereses sectoriales, como los actos delictivos de odio cometidos por
grupos organizados, las acciones terroristas o la violencia de masas; la
violencia política incluye la guerra, conflictos violentos afines o la
violencia de Estado; y la violencia económica, que comprende los ataques
por parte de grupos más grandes con la finalidad de trastornar las
actividades económicas, negar el acceso a servicios esenciales o crear
división económica y fragmentación.

Dentro del panorama cubano, y en mi experiencia profesional, el tipo de
violencia predominante es la interpersonal, que puede a su vez
manifestarse en dos ámbitos: la violencia familiar o de pareja, que se
produce entre miembros de la familia o de la pareja, y por lo general
sucede en el hogar contra los menores, la pareja o las personas mayores.
Y la violencia comunitaria, que se produce entre personas que no guardan
parentesco, que pueden conocerse o no, y sucede fuera del hogar.

Esta última abarca la violencia juvenil, los actos fortuitos de
violencia, la violación o ataque sexual por parte de extraños, y la
violencia en establecimientos como escuelas, zonas de trabajo, prisiones
y hogares de ancianos.

Pero también existen otros tipos de violencia, que muchos especialistas
llaman "abusos misceláneos", y se entienden como la violación de los
derechos de la persona en cuanto a su dignidad y autonomía, el abuso
médico, y el abandono que se manifiesta, con más frecuencia, contra el
adulto mayor.

Los medios de prensa oficialistas suelen tratar temas relacionados con
los índices de violencia desde un paisaje "romántico" y
"circunstancial", donde apenas se ahonda en contextos, motivaciones,
datos y referencias literarias ¿Dónde se originan las principales causas
que sostienen a este crecimiento del comportamiento violento?

Entre los años 2002 y 2008 se estuvo realizando en el CITMA (Ministerio
de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente) un proyecto para caracterizar a
las víctimas de actos violentos. Pero quedó pendiente profundizar en la
figura de los agresores, que también debe constituir objeto de cualquier
estudio con vistas a lograr una caracterización que vaya más allá de los
aspectos sociodemográficos. Es decir, el hecho de enfocar solamente una
parte del problema mutila entonces la visión científica, y entorpece el
diseño de estrategias serias para confrontar el fenómeno.

Son diversos los orígenes que conllevan a cualquier comportamiento
violento, y cada una de sus causas implica, a su vez, una complejidad de
análisis que vaya más allá del estudio descriptivo.

Aquí es vital entender que la familia, además de constituir la base de
toda sociedad, es una unidad social con determinados propósitos: proveer
un contexto de apoyo para la satisfacción de las necesidades de todos
sus miembros, promover la interacción entre sus miembros, y permitir la
supervivencia física y desarrollo personal de sus miembros.

Ahora bien, si nos ajustamos a un marco temporal como ejercicio de
análisis, se puede señalar que la apertura al capital extranjero, la
legalización de la circulación de divisa y la autorización de remesas,
generaron un sistema monetario dual que conllevó a la desestructuración
de la cotidianidad de las familias. Estos fenómenos propiciaron cambios
significativos en las formas de pensar y de actuar, y a una reevaluación
del papel de la familia emigrada y del propio acto de emigrar.

Es la familia quien recibe, directamente y con más rigor, el efecto de
la implantación de todas las medidas de ajuste económico que se elaboran
desde el Estado. Es este núcleo social quien se enfrenta a una vida más
encarecida por los efectos combinados de un conjunto de medidas que, en
esencia, radica en la insuficiente reactivación de la esfera productiva
del país.

Por otra parte la combinación de bajos niveles de fecundidad y alta
esperanza de vida al nacer, ha provocado que la familia cubana tienda a
crecer en sentido vertical, al coexistir en el tiempo representantes de
tres o más generaciones que suele extenderse hasta tíos, primos, e
incluso cuñados. Esto, junto a las graves insuficiencias habitacionales,
da lugar a la residencia, en una misma vivienda, de familias
multigeneracionales.

Estos indicadores conllevan a la violencia de naturaleza intrafamiliar,
que también experimenta un índice de crecimiento alarmante, y que es
donde se origina la expansión de toda violencia social o colectiva, en
tanto la violencia es un comportamiento heredado.

¿Cuáles son las causas asociadas a conflictos de violencia intrafamiliar
que más atención demandan en las investigaciones asumidas por el
Ministerio de Salud Pública (MINSAP)?

En principio la violencia intrafamiliar es un fenómeno que sucede en
muchos hogares y afecta la salud de todos sus integrantes, desde las
víctimas hasta los agresores. Se podrían listar varias causas, sin que
ello suponga hacerlo asumiendo un orden de prioridades. Por ejemplo, el
divorcio. Cuba es uno de los países del área con mayores indicadores de
divorcialidad.

El divorcio, frecuentemente, implica una ruptura del rol paternal que
queda reducido a la manutención alimenticia, desentendiéndose de
responsabilidades en la educación y formación de valores de sus hijos.
Por lo general la disolución del vínculo acontece de manera traumática,
y los hijos muchas veces se sienten forzados a tomar partido con las
consecuencias. Para la conformación de su personalidad esto trae
aparejado que los hijos comienzan a ver el mundo como un escenario de
ganadores y perdedores, lo que conlleva a una percepción violenta de
sobrevivencia.

Por otra parte se suman los problemas económicos en el espacio
doméstico, que funcionan como una desarticulación entre las aspiraciones
y las posibilidades reales de adquisición, condicionado por la
desconexión existente entre salarios y propuestas de consumo. Ello
conlleva a las discrepancias en torno a cómo se emplea el dinero. Es
decir, desacuerdos en torno a si se compran unos u otros alimentos, si
estos los consumen más unos miembros de la familia que otros, o si algún
miembro consume bebidas o fuma en vez de comprar alimentos, o si alguien
conecta un ventilador que consume más electricidad. Aunque el salario ha
experimentado incrementos en los últimos años, su bajo poder adquisitivo
es insuficiente para cubrir el costo de las necesidades básicas.

El hacinamiento es otro de los factores asociados a la violencia
intrafamiliar. La mayoría de las familias cubanas vivencian dificultades
con la vivienda y las identifican como uno de los principales problemas
que afectan su vida cotidiana. La literatura criminológica aplica, a
esta situación, el principio de proximidad excesiva y el de oportunidad.
Cuando muchas personas se ven forzadas a compartir un espacio físico
reducido, es más probable que se produzcan fricciones porque los otros,
que siempre serán en algo diferentes, están "a la mano" para "chocar"
con ellos.

Anteriormente afirmábamos que la prensa oficialista no asume el tema de
la violencia con hondura, y mucho menos cuando sus autores son —o
involucran a—jóvenes y adolescentes. Tampoco existen estadísticas
fiables que ayuden a establecer hasta dónde son efectivos los programas
científicos que abordan el fenómeno. En su experiencia profesional,
¿quiénes son más propensos a comportamientos violentos, los jóvenes o
los adultos, las mujeres o los hombres?

Puedo afirmar que en Cuba la violencia intrafamiliar no está considerada
como un problema de salud relevante. Sin embargo en los últimos 20 años
se resalta la importancia relativa de las enfermedades no transmisibles
y lesiones por violencia que aportan las primeras causas de muerte para
todas las edades.

Desde el punto de vista social las condiciones de profunda contracción
económica han arrojado consecuencias negativas: subversión del sistema
de valores, indisciplina social, inestabilidad laboral, acumulación de
tensiones y desequilibrio personal y familiar ante el déficit de
recursos imprescindibles y la imposibilidad de su solución a corto plazo.

Todo este contexto favorece la aparición de situaciones violentas.
Dentro de ese panorama los adolescentes representan el grupo más
afectado por todo tipo de violencia, que no se limita a la agresión
física, sino que también incluye el abuso sexual, verbal, emocional y el
abandono.

Según estudios e investigaciones realizadas en el país, son los jóvenes
quienes con más frecuencia ejecutan actos violentos. Los detonantes
suelen ser varios, como las características individuales, las
experiencias familiares, el acceso a armas de fuego, el consumo de
alcohol y drogas, la violencia política y social, afectan con más
frecuencia a este grupo de edad, principalmente a los varones. Muchas de
estas conductas son aprendidas y con frecuencia se originan en un
ambiente familiar violento.

A este se añade la llamada "crisis de valores" que muchos estudiosos
ubican su explosión social en la década de los 90. La falta de valores
morales incorporados, el aprendizaje de conductas violentas en el hogar,
en la escuela o en otros colectivos de pertenencia, la falta de un
sentimiento de identidad propia y las dificultades en las relaciones
interpersonales.

Este conjunto de problemáticas conducen a situaciones extremas de
agresiones —con los más diversos cuadros lesionales— que llegan a los
servicios de urgencia de la atención secundaria de salud.
Lamentablemente, muchas de estas situaciones llegan a determinar la
privación de la vida, con todas las secuelas psicológicas y sociales que
esto implica para los sobrevivientes, que también resultan víctimas
indirectas.

Recientes investigaciones también arrojaron que no siempre se cumple la
expectativa del hombre como agresor físico, que forma parte de los
estereotipos sexistas. A un nivel porcentual las mujeres habían
recurrido más a la violencia física que los hombres. Las víctimas de las
mujeres resultaron fundamentalmente sus hijos, y adultos mayores bajo su
tutela, fueran padres, tíos o abuelos. Lo que sí se cumple es que los
hombres agresores tienen como víctimas, en primer lugar, a mujeres con
las cuales conviven, sean sus parejas, sus hermanas, madres o hijas.

En cuanto a la violencia psicológica, son las mujeres quienes la ejercen
más que los hombres. Se trata de una forma de violencia más sutil, pero
que puede dejar secuelas más graves desde el punto de vista
psicopatológico, transcurriendo por la devaluación, la humillación, las
críticas en presencia de extraños.

Merece comentario que las madres que abusan verbalmente de sus hijos
varones suelen reproducir este esquema si ya el hijo arribó a la edad de
trabajar. Aunque quiera estudiar, tiene que "luchar" el dinero para la
casa, al margen de la forma en que pueda encaminarse esa "lucha". En el
caso de las madres con hijas adolescentes, se equiparan a la actitud
machista de los padres, al exigirles el cumplimiento de las tareas
domésticas, que son las que "le tocan", y cuestionan en ocasiones que
estén en la calle "luchando" el dinero para sustentar el hogar.

No obstante a todas estas conclusiones, que son resultado de
investigaciones serias, un informe muy reciente de la Organización
Mundial de Salud (OMS) destacaba que la violencia contra la mujer es "un
problema de salud global de proporciones epidémicas".

En Cuba apenas se registran datos sobre la utilidad de la "mediación".
Quizá se deba a que el Gobierno, durante más de cinco décadas, nunca vio
con buenos ojos el "asistencialismo social", y menos en la actualidad
donde varias organizaciones opositoras de la sociedad civil han asumido
este rol dentro sus programas. ¿Cree usted en la utilidad del "mediador"
como una vía alternativa para confrontar o prevenir la violencia?

La mediación se utiliza desde inicios del pasado siglo, y su empleo en
asuntos relacionados con la violencia se introdujo hacia finales de la
Segunda Guerra Mundial con la expectativa de negociar una paz que
frenara los ya considerables daños humanos que la contienda bélica había
ocasionado. Pero no fue hasta los años 60 que se comienza a utilizar
ampliamente en los asuntos asociados a la comunidad, la familia, la
política pública y en contextos jurídicos.

Los primeros practicantes en la era occidental moderna se sintieron
atraídos por la mediación a fin de mejorar la sociedad, aunque sus
motivos diferían. A los activistas sociales les interesaba fortalecer a
la comunidad, mientras los reformadores jurídicos procuraban la igualdad
jurídica y el acceso a la justicia.

La mediación comunitaria estuvo dominada por un modelo terapéutico que
recalcaba el consenso en lugar de la coerción, la integración en lugar
de la exclusión y los resultados mutuamente satisfactorios en lugar de
la observación estricta de disposiciones jurídicas.

El empleo de la mediación ha llegado a ser considerado como una forma
legítima para solucionar muchos conflictos sociales y jurídicos de la
sociedad occidental. No es gratuito que la mediación atrae hoy la
atención tanto de investigadores como de legisladores y estudiosos.

A pesar de haber textos locales sobre los antecedentes de la mediación,
no es para nada un estudio o una praxis generalizados en las ciencias
médicas. Aunque muchos activistas de organizaciones opositoras no sepan
con certeza qué es la mediación, su origen y antecedentes, sí es posible
afirmar que cumplen de alguna manera, y en buena medida, el rol de
mediadores.

Ejemplo de ello, por solo citar tres, son el Proyecto Capitán Tondique
—que lleva a cabo el Partido por la Democracia Pedro Luis Boitel en
Matanzas—, el activismo social de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU)
en toda la región oriental, y el centro de información legal
independiente Cubalex.

Ciertamente, la utilidad de la mediación en el actual panorama cubano es
vital. Nuestro sistema de salud pública, por sí mismo, no puede asumir
este reto ante un fenómeno que va en crecimiento cada día. En mi
criterio, tanto las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, como
la mediación, no pueden ser sustituidas por tribunales y cárceles. A
largo plazo, esa nunca será la solución si en verdad se busca restaurar
el tejido de nuestra sociedad civil.

Por cuestiones de espacio sabemos que otras aristas, relacionadas con la
violencia, quedarán fuera de esta entrevista. Sin embargo, datos
alarmantes han revelado la insistencia de las instituciones
gubernamentales en relacionar ciertas religiones y rasgos raciales con
comportamientos violentos.

El tema de las religiones y la violencia es bien complejo. En nuestro
medio se han realizado algunas investigaciones que concluyeron en que
las religiones de origen africano se asocian a comportamientos
violentos. Se argumenta que cerca de la tercera parte de sujetos
investigados tenían creencias yorubas. Pero considero que merece una
investigación a profundidad de este elemento, dado el mosaico religioso
y cultural de nuestro país.

También creo que esto se debe a que el Estado cubano, a través de las
instituciones médicas cubanas, quiere desconocer y evadir su
responsabilidad en las causas reales del incremento del comportamiento
violento en nuestra sociedad y en nuestros hogares.

La emigración, aunque los datos oficiales no lo registran desde esta
perspectiva, es un condicionante que también suele desencadenar
violencia intrafamiliar. Este es uno de los fenómenos que más ha
incidido, en los últimos años, en las transformaciones familiares. Su
magnitud ha sido estimada en el rango de más de un centenar de personas
abandonando el país cada día, equivalente a una persona cada quince minutos.

En mis investigaciones resultó evidente el hecho de que muchas veces los
miembros de la familia que emigraron constituían los elementos de
equilibrio dentro del grupo familiar y, al abandonar el hogar, se
producían polarizaciones que antes se encontraban atenuadas, siendo los
adultos mayores los más afectados, al perder los hijos o nietos que les
protegían de los que ahora quedaban tratando de ignorarlos y tratando de
tomar decisiones no deseadas por ellos. La promesa de ayudarlos desde el
exterior no compensaba el sufrimiento de humillaciones, silencios y
abandono dentro de su propia casa.

También está la proliferación y pertenencia a subculturas violentas, que
son las pandillas que conjugan patrones de venganza y machismo, con
códigos cerrados de exclusión. Cualquier conducta que entre en
confrontación con su sistema de valores puede generar el consenso del
grupo para dar paso a un acto de agresión que puede llegar a tener
consecuencias fatales, como se ha demostrado en varias investigaciones
realizadas en nuestro país.

Otro factor preparante de comportamientos violentos es el consumo de
bebidas alcohólicas. Y ojo, nótese que hablo de consumo, no de abuso ni
de dependencia, pues los altísimos índices de consumo en los últimos 15
años son también alarmantes. La presencia de manifestaciones asociadas
al consumo de sustancias tóxicas, el alcoholismo y la drogadicción, con
la consiguiente sensación de frustración y abandono, constituyen fuertes
factores asociados al comportamiento violento.

Las dinámicas que desembocan en violencia en la Cuba actual incluyen
desde factores generacionales, económicos, raciales, hasta de origen
regional, con el común denominador de la exclusión de alguien dentro del
seno familiar. Alguien que resulta diferente por no tener trabajo, o no
tener dinero, o ser viejo, o ser demasiado joven, o ser negro, o
practicante de alguna religión no aceptada por el resto de la familia, o
haber nacido en una provincia del oriente del país, o simplemente no
haber nacido en La Habana, o haber nacido de una madre soltera o tener
un padre o una madre homosexual.

Es decir, estamos hablando de racismo en su expresión más profunda.
Puede afirmarse que los patrones de conducta violenta, al menos
actualmente, no son propiedad exclusiva de practicantes de una religión
u otra, o del color de la piel. Hoy la violencia compete a todos, y es
ejecutada por todos.

No puede obviarse, para contextualizar cualquier abordaje sobre la
violencia, tanto los aspectos sociales como los individuales, que
incluyen las peculiaridades caracterológicas y las predisposiciones
biológicas. Como señalaba anteriormente, la tendencia a absolutizar
cualquiera de los factores imbricados en el origen del comportamiento
violento, solo mutila la visión científica y entorpece el diseño de
soluciones. Más allá del discurso académico o político, es necesario
demostrar que tanto unos u otros factores están presentes o predominan
en cada agresor, para poder establecer protocolos de actuación desde el
punto de vista clínico.

Source: Violencia social: reflexiones para reconstruir una sociedad |
Diario de Cuba - http://www.diariodecuba.com/cuba/1466603894_23270.html
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