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Monday, August 15, 2016

Un espectáculo deplorable

Un espectáculo deplorable
Es un crimen manipular la conciencia de un niño para el culto a la
personalidad del líder
Domingo, agosto 14, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Este sábado, 13 de agosto de 2016, fue el colofón de
un verdadero martirio después de meses de darnos la lata en los medios
oficiales, con motivo del nonagésimo cumpleaños del Espectro en Jefe.

Contra cualquier pronóstico razonable, la celebración del onomástico
corrió a cargo de los niños de esa compañía artística infantil, La
Colmenita, que se presentó ante un público más que inusual: una sala de
teatro atestada de adultos con atavíos militares o con planchadas
guayaberas blancas.

En primera fila, flanqueado por el presidente de Venezuela a su
izquierda y por su hermano, Raúl Castro, a la derecha, el mismísimo
Magno Orate en persona se rebullía en su asiento y se volvía a
cuchichear algo al catafalco venezolano, sin prestar mucha atención a la
apoteosis de mal gusto que discurría sobre el escenario. Impertérrito y
altanero, como siempre ha sido, permanecía indiferente a los mimos, como
si todo aquel despliegue de descomunal guataquería no estuviera dedicado
exclusivamente a él y a sus irremediables 90 años.

Sin embargo, no es de este abuelito al revés, al que los niños le
narraron cuentos, sobre lo que trata este comentario, sino precisamente
de los niños artistas que llevaron sobre sí la responsabilidad del
patético espectáculo cuyo rasgo más relevante fue un derroche de
repulsivo culto a la personalidad del longevo dictador.

Una enajenada representación de Abdala, esa conocida pieza teatral del
Apóstol, en la que destacaron la histeria y la sobreactuación de los dos
pequeños intérpretes, muy ajena al espíritu firme, sereno y contenido
que subyace en esta obra de Martí, fue el plato fuerte que intentó hacer
un paralelo entre el héroe de la trama —el joven Abdala que marcha a la
guerra— y el exgobernante cubano.

Por su parte, la niña que hacía de madre del patriota Abdala se
desgarraba sobre el escenario con la misma trastornada pasión que un
tango arrabalero, para deleite de todos los espectadores… excepto uno.
¡Pobres niños, víctimas de las manipulaciones políticas de sus mayores!
¡Pobre Martí, tan usado y abusado por el poder de una satrapía que ha
hecho de Cuba exactamente lo contrario de lo que él soñó!

Mientras, sobre el telón de fondo se proyectaban también imágenes
recreadas de las Guerras de Independencia, seguidas de otras, reales,
sobre la guerrilla de la Sierra Maestra, la lucha en Playa Girón y las
mil batallas inútiles libradas por el ex Invicto desde su gabinete
climatizado. El mismo esquema anquilosado de la estética del realismo
socialista anclada en los años de la Guerra Fría. La consagración de la
mediocridad.

Y por si acaso faltaba kitsch al espectáculo, fueron sacados a escena
una decrépita Omara Portuondo —que con voz temblorosa interpretó (¡otra
vez!) "La era está pariendo un corazón"—, y el Historiador de la Ciudad,
uno de los más connotados alcahuetes de Castro I, quien, sentado en una
butaca debido a su deplorable estado de salud que ya no le permite
aquellos discursos encendidos y de pie ante el público, hizo un grotesco
y coloquial panegírico ensalzando la cultura y genialidad del
homenajeado nonagenario, sus pasmosos conocimientos, su capacidad para
hablar (y dizque también "para escuchar"), la belleza de sus manos y de
cómo "Fidel" le había regalado una corbata a él, 20 años atrás.

Pena ajena provocaba la pasión pujada de los niños, la alegría fingida
de la conductora, la artificial rigidez del público. Pero en especial
despierta indignación constatar la manera en que han lavado el cerebro
de estos pequeños. Los textos cuidadosamente aprendidos, los gestos al
actuar, la proyección de las voces; todo indica un adoctrinamiento
minucioso, largas horas arrebatadas al juego y al disfrute propios de
esa breve etapa de la vida, para someterse a la obediencia y al
sacrificio en aras de satisfacer la vanidad del viejo caudillo.

La Convención sobre los Derechos de los Niños, de la ONU, debería
condenar como una violación criminal esta práctica, propia del nazismo,
de manipular la conciencia de niños indefensos en servicio de los
intereses ideológicos de los adultos.

Despiertan compasión estos niños que un día no muy lejano, cuando el
reverenciado espectro de hoy sea solo un mal recuerdo junto a un
montoncito de cenizas, descubrirán que fueron utilizados al servicio de
una ideología obsoleta y sacrificado su candor al pie de una estatua del
pasado, con la complaciente anuencia de quienes debieron protegerlos:
sus padres. Me gusta pensar que al menos los niños tendrán la
oportunidad de enmendar el rumbo.

Source: Un espectáculo deplorable | Cubanet -
https://www.cubanet.org/opiniones/un-espectaculo-deplorable/
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