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Friday, August 12, 2016

Masacre cerebral

Masacre cerebral
La avaricia conduce a que los mismos artistas se ocupen de gestiones
artísticas, económicas y mundanas
Viernes, agosto 12, 2016 | Héctor Antón Castillo

LA HABANA, Cuba.- El cabildeo con el dinero del arte hecho en Cuba ha
sido protagonista de continuas disputas entre los artistas y el ámbito
estatal o privado de un oficio que les exige recursos financieros para
sobrevivir o expandirse. Tal dilema proliferó a raíz del brío
emancipador after 1959, ya que la moral y los principios debían
adecuarse al paradigma del "hombre nuevo", encargado de construir el
socialismo en un país donde se le consagraban palabras a los
intelectuales sumidos en la duda.

Durante la "guerra necesaria" contra Estados Unidos, ¿quién le reiría la
gracia a un futuro creador, parodiando un cintillo amarillista de Andy
Warhol?: "Comprar es más americano que pensar y yo soy el colmo de lo
americano". Un consejo políticamente correcto era sugerir el estudio
recopilatorio de Lucy R. Lippard inédito en Cuba: Seis años: la
desmaterialización del objeto artístico de 1966 a 1972, Editorial Akal,
2004, Madrid, España. Un manual de recetas conceptuales no apto para
cardiacos al easy money.

La satanización del mercado fue un proceso que alcanzó su momento
perfecto durante el renacimiento cubano de los ochenta. En este caso, la
revuelta política ansiosa de auto-dirigir sus miradas jodedoramente
ácidas al dulce entorno del arte y la vida cubana, también implicó
marcar distancia con respecto al fenómeno comercial. Tampoco obviemos
que eran los tiempos de bonanza económica en el país, asistido por el
bloque socialista encabezado por la generosa Unión Soviética.

Los paladines de los ochenta ignoraron la economía del arte y vivieron
el sueño de cuestionar los aparatos ideológicos que manejaban los hilos
de la política cultural. José Bedia andaba en un carro que le había
otorgado el Ministerio de Cultura; un profesor del Instituto Superior
del Arte podía sostenerse con el salario que le ofrecían. Otros andaban
siempre con la misma camisa, sin que ello le impidiera gozar la "pobreza
irradiante" de una etapa romántica. Artecalle y Puré fueron tan
soñadores como el Che Guevara asfixiado en el hoyo de una quimera tramposa.

El ciclo de atención a los inconformes seguido por el Departamento de
Orientación Revolucionaria (DOR), cristalizó desde la trinchera política
y no desde alternativas que les mostraran a los iconoclastas una ventana
de relajación y confort. Carlos Aldana, el destituido "reformista
encubierto", no volvería a reunirse con viejos adolescentes como el
marxista fashion Arturo Cuenca. El cierre de la muestra colectiva El
objeto esculturado (1990), y el estreno bajo cordón policial del
largometraje satírico Alicia en el pueblo de Maravillas (1991),
anunciaron el declive de una aparente tensión entre los artistas y sus
hegémonos.

Decidida a frenar el éxodo y habilitar una plataforma digerible, la
política cultural en los noventa aflojó la mano. El objetivo era que los
artistas apropiaran lo salvable de los ochenta en clave simbólica, para
aceptar un coqueteo entre los intereses de arriba y las necesidades de
abajo. Muchos empezaron a cogerle el gusto a salir, regresar y seguir en
la preferencia de galeristas, marchantes y coleccionistas que
aterrizaban en la Isla buscando arte bueno, bonito y barato.

Los Carpinteros tripulaban flamantes bicicletas Mountain Bikes en medio
del "Periodo especial en tiempo de paz"; Kcho entraba al Instituto
Superior de Arte en un Mercedes-Benz alquilado e invitaba a los socios
povera a tomar cerveza. Los emblemas del éxito comercial empezaban a ser
ejemplos a seguir por los bisoños. Esos que soltaban las mochilas y
corrían a montar las telas en las cúpulas, cuando divisaban guaguas de
turistas en el parqueo, preferiblemente norteamericanos.

Había que comer, vestirse, comprar materiales y autofinanciarse. ¡Viva
la clase media del enemigo poderoso! Ya era hora de soltar el cargante
complejo de utopía. Los cautelosos revolucionaron actitudes de un pasado
reciente con otros desprejuicios. Un colapso de la mojonera ética (quien
facture artilugios para vender no es un artista), nada tendría que
envidiarle a la caída del Muro de Berlín.

Era irrepetible el cuento infantil de Lázaro Saavedra, pidiéndole al
empresario del chocolate y coleccionista alemán Peter Ludwig los
catálogos de Joseph Beuys, a cambio de su oportuno Detector de
ideologías (1989). "¡Tremenda locura!", exclamó un paladín del
neohistoricismo tropical, otro verano en que Dios dormía.

Tan famoso como real es el accidente gramatical de un precoz camaján,
que reprodujo la palabra beca según la escuchó: "veka". Lupe Álvarez se
insultó, aunque la pifia devino chiste-metáfora para recordar una época
en que ignorancia teórica y descuido idiomático eran sinónimos de
posmodernidad.

Hoy sobran cargamentos de joyitas digitalizadas, que se disipan en nubes
de alcohol y cacería de fiestas privadas o públicas. Apremia
concentrarse en el Nuevo Arte de la Guerra, ese maquiavelismo light de
estirar la mano hasta donde puedas o hasta donde te lo permitan el resto
de fieras hambrientas.

Entre mitad de los noventa y la década posterior, el artista cubano
concientiza el apremio de trocarse en su propio manager o representante
en materia de promoción, valor y precio de su creación visual. Por ello,
tendrá que mejorar su redacción, dominar con soltura, al menos, el
inglés; fingir que conoce historia del arte contemporáneo o probar que
es un internauta fan de merodear por Artprice como ejercicio diario y
apreciar qué distingue a un peje gordo de un atracador.

Un comodín tan denostado, elemental y útil como: "Es un artista
construido" nunca ha tenido una connotación legible en el perímetro del
arte cubano. La escasa o nula tradición de la cultura insular en los
avatares del mercado, obstaculiza el recurso de prefabricar la carrera
de un artista joven o publicitado a destiempo.

A lo sumo, apenas se consigue llegar a ser un artista con padrinos en la
cúpula gubernamental o en la Institución-Arte. A lo mejor, alguien logra
tocar la sensibilidad de un galerista rocoso como Luis Miret; aunque
este se limitará a ofrecerle una membresía en su staff, organizarle una
exhibición personal, insertarlo en muestras colectivas o colocarlo en el
stand de ferias internacionales.

Todo menos la noción de construir a sus baluartes, para luego ofertarlos
al mundo y rematarlos en subastas de marca como Phillips de Pury. ¿Por
qué galeristas de espuelas como Miret, no insisten en ser los máximos
responsables de que artistas de su nómina (Yoan e Iván Capote) puedan
estar en la Bienal de Venecia o en Documenta de Kassel? Más seguro es
atrapar la fruta madura antes de podrirse.

Al final del camino, el funcionario-negociador termina por aprovecharse
de los artistas enlistados en galerías extranjeras de mayor nivel que
comercializan a un precio similar en sus hogares; sin embargo, el oficio
de galerista profesional (siguiendo el modelo de Leo Castelli o Barbara
Gladstone), no germina en la Isla.

No hay que romperse mucho la cabeza: el techo concreto del galerista
estatal es el propio Estado, que le permitirá un enriquecimiento velado
a cuantos le garanticen que los artistas tardarán en amasar una fortuna
respetable.

Cuando el Kcho diputado, propone en la Asamblea Nacional del Poder
Popular elevar los servicios tributarios de los artistas por concepto de
ventas o premios, lo que facilita es potenciar el abismo entre los
creadores visuales y sus accesos de comercialización estatal. "Ganamos
más, paguemos más" (Aplausos). Lejos de perjudicar a los artistas, dicha
medida amenaza con impactar a la red de galerías gubernamentales, que
terminarán sumergidas en un vacío de irrentabilidad.

Habitar un terreno donde se cacarea (micrófonos abiertos), acerca de los
deberes ciudadanos y raras veces de sus derechos, implica rebotar contra
los muros invisibles del chacalismo oficial. En fecha reciente, una
seguidora del incesto nativo entre producción y comercialización como la
galerista María Milián, insistía en que las artes visuales no aparecen
en ningún estatuto del cuentrapropismo.

La Gaceta Oficial de la República de Cuba (renovada en 2013 y disponible
en el sitio web del Ministerio de Justicia), prueba tan "controvertida"
omisión. Allí solo hay cabida para zapateros remendones, amoladores de
tijeras o peluqueros de perros domésticos. Los artesanos de bajo perfil
aseguran la opacidad igualitaria ¿Quién puede tener una galería privada
y pagar sus impuestos como otras rentas ordinarias?

Semejante a este consumo de prevención estatal, descuella un modelo
absurdo de mainstream local. No hay que ser un dibujante que
monumentaliza pequeñas cosas como Roberto Fabelo, para estar a su lado
en una vitrina diseñada para compradores seguros. Fulano o mengana
desentonan, pero insisten en tomarle el pulso al chispazo formal: eso es
lo importante. Lo demás, es piltrafa contenidista.

Un productor desprejuiciado, maleable y grotesco como Fabelo, será bien
visto si acata las reglas exigidas por el flirteo coral. Parafraseando
al Warhol que referimos al inicio, en nombre de lo totalitariamente
orgánico: "Maniatar es más cubano que vender y nosotros los abajo
firmantes somos el colmo de lo cubano".

Otro paliativo como telón de fondo publicitario es una iniciativa del
Fondo Cubano de Bienes Culturales, para estimular el quehacer visual de
estudiantes o autodidactas menores de 35 años. Las ediciones anuales de
Post-it (a partir de 2013), revelan el paso de tigres desrayados a
través de una selva tan oculta como virtual: un "mercado nacional" que
finge prescindir de los "nombres reputados".

En su libro La supermodelo y la caja de brillo: los entresijos de la
industria del arte contemporáneo (Ediciones Ariel, 2015. Ciudad Autónoma
de Buenos Aires), Don Thompson sitúa a La Habana como "la urbe menos
reconocida en el ámbito del arte contemporáneo". Pero ello no le impidió
gastarse una deferencia periférica: "Basta preguntar por la ciudad y les
llevarán al momento a estudio de grandes artistas como Esterio Segura,
Abel Barroso y Los Carpinteros. Los precios son negociables, mientras no
haya presente ningún grupo turístico. La Galería Habana ahora aparece en
importantes ferias de arte occidentales".

Thompson, quien nunca ha visitado la Isla, aprecia que la cultura de
Cuba ha florecido a pesar del embargo de Estados Unidos, la burocracia o
los límites a la libertad de expresión. Trabajar bajo presión rescata el
mito de la resistencia: un salvoconducto financiero del poder y sus
cómplices entre los vaivenes críticos.

¿Qué les permitirá a los artistas cubanos rebasar el marasmo comercial
en un futuro inmediato? Obviando el pretexto de la victimaria condición
tercermundista (pie de amigo para ganar favores), ellos deberán estar
dispuestos a compartir sus ganancias con asistentes sagaces, un
representante o team de cabezas pensantes en tópicos que transgreden su
esfera cognoscitiva.

"Muchos artistas no quieren pagar un kilo por un texto. Creen que lo
merecen gratis. Hay que ponerse fuerte" (Rufo Caballero rajando del vivo
Kdir López).

La avaricia conduce a que los mismos artistas se ocupen de gestiones
artísticas, económicas y mundanas. "Quiero hacerlo todo para
embolsármelo todo": adagio fatal de ciertos vendedores en tierra firme.
Mientras estos no reconozcan al marketing como el monstruo al cual
tendrán que inclinarse, se mantendrán cautivos del "sálvese quien pueda".

Así, el pretendido espíritu Big Factory de Jeff Koons, Damien Hirst o
Takashi Murakami cede ante trucos para desviar lotes turísticos de las
galerías hacia los estudios particulares. Secuelas del voluntarismo que
dilatan la inserción en circuitos de gama alta, pues sabemos que la
ansiedad es la madre de precios desvalorizados. Virtualmente liquidado
el romanticismo de manigua, se impone fomentar un pragmatismo próspero y
sostenible. ¿Ya viene llegando?

Source: Masacre cerebral | Cubanet -
https://www.cubanet.org/opiniones/masacre-cerebral/
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