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Thursday, August 11, 2016

Los cubanos disparan un cohete de atrezo

Los cubanos disparan un cohete de atrezo
MAYKEL GONZÁLEZ VIVERO | Sagua la Grande | 11 de Agosto de 2016 - 05:47
CEST.

"Ni te metas ahí", me advierte alguien, "eso es militar".

Los ejércitos inspiran una solemnidad semejante al pavor. Su prestigio
se experimenta como un cañón en la sien. Hablo con un viejo. Él vio
pasar la caravana rusa. Oyó Kursk; le agota el nombre de Stalingrado,
larguísimo; Moscú, conciso, le quema.

"Pero la base fue abandonada hace más de 50 años", le digo.

Qué suerte tiene este pueblo. Una guía turística alemana le dedica dos
párrafos. Se resumen así: "Ahí estaban los célebres misiles de la crisis
de 1962". Acaso por eso aparece una pareja de rubios en las calles de la
ciudad. Y caminan desalentados, esperando alguna valla dedicada al
episodio que les trajo hasta aquí, deseando que alguien les alcance un
folleto, un escueto volante, un mapa que diga cómo llegar al viejo
arsenal nuclear. Este pueblo tiene tanta mala suerte que nadie sabe
dónde queda la base. Tanta mala suerte que ni la sensación de la Isla a
punto de estallar sirve de feliz escarmiento, ni de pretexto para museo,
ni para negocio de excursionistas.

"Es que nadie se dio cuenta", se le ocurre al viejo. "Solo quienes
estaban en el camino del puerto vieron la caravana. Para colmo era
tarde. Los rusos iban callados".

"¿Pero no se hablaba de la guerra?"

"Había carnaval", el viejo se pone burlón. "Alguien hizo una carroza
parecida a un misil. Imagínate un cohete de cartón cubierto de bombillitos".

Esta es la mejor imagen cubana de la Crisis de Octubre o Crisis de los
Misiles: una multitud baila tras un cohete de atrezo, mientras Kennedy
decreta la emergencia casi máxima y los estadounidenses se meten en
sótanos. En Cuba no hubo pánico televisado de 17 minutos. Ni los
guajiros sabían qué era la guerra nuclear. Tampoco se les explicó.

Nadie sabe nada

Los cohetes fueron emplazados en la vecindad de un central azucarero. No
se supo bien qué eran ni dónde estaban, hasta que los vuelos espías
estadounidenses hicieron algunas fotos el 17 de octubre de 1962. "MRBM
Field Launch Site, Sagua la Grande No. 2",consigna el pie de la famosa
estampa. Los misiles apuntaban desde la sombra de un palmar.

Mariana Grajales se llama el central. Lo demolieron hace pocos años.
Queda lejos de las carreteras más concurridas, a unos 15 kilómetros de
Sagua la Grande. Donde estuvo la fábrica hay un descampado. La gente
prefiere sentarse cerca de la tienda, a la sombra.

"¿Usted se acuerda de los rusos que estuvieron aquí?", hago que suene
casual.

El interpelado, un viejo solitario, no sabrá nada mientras no sepa quién
soy y qué quiero.

"Ah, sí. Aunque no recuerdo nada. Yo era chiquito".

"¿Y usted, qué edad tiene?", impido que se escape otro, de aire más
venerable.

"94 años".

"Entonces sí se acordará de los rusos que anduvieron por el pueblo…"

"Sí, sí. Pero no puedo contarte nada. Ya se me olvidó todo. Estoy muy
viejo".

"Señora", pruebo con una mujer, "¿qué edad tenía cuando instalaron la
base rusa?"

"Unos veintipico. Pero nunca oí comentarios de nada. ¡A mí no me
compliques! Porque yo vivo solita, estoy vieja. Le tengo miedo a todas
esas cosas de ir a juicio…"

Un camino escabroso

Nadie cree que yo pueda llegar a la base. Exageran, no obstante, al
figurársela inalcanzable. Con los años se ha ido alejando. Ya les parece
fabulosa.

No hay una historia pormenorizada sobre la Crisis de los Misiles escrita
desde Cuba. La misma designación de la historiografía insular, Crisis de
Octubre, parece más ambigua, eufemística, que los apelativos ruso y
estadounidense para el episodio. Octubre es una coyuntura. Octubre es el
azar. Mucho menos se ha intentado una indagación microhistórica. Este
cuento suele tener dos personajes absorbentes: EEUU y la URSS, las
potencias. Cuba es un peón que a veces se adjudica el punto de vista en
el ajedrez de la Guerra Fría. Y cuando Cuba lo cuenta, apenas aparece
Fidel Castro, airado porque Nikita no tiró la bomba, Fidel Castro,
burlado porque Nikita se ahorró la bomba y luego se la llevó sin dejar
una nota de gratitud ni enviar una flor siberiana a su testaferro
nuclear. Casi 50.000 rusos vinieron a Cuba y no sabemos qué dijeron, qué
hicieron, cómo trastornaron la cotidianidad de un puñadito de pueblos.

En EEUU, la crisis es un evento álgido de los años 60, con su
correspondiente impronta cultural. En Cuba, la crisis no fue crítica.
Pocos vieron a los rusos, pocos supieron del peligroso depósito. Al son
de guerra contestaba el son de la loma.

Todos saben

A estas alturas debo aclarar que esta gente sabe todo de los rusos. Se
acostumbraron a mí. Me perdieron el miedo. De la reticencia transitaron
a la locuacidad. Me siento en el merendero del batey y hacen rueda.

"El puente que está antes de llegar al tecal, ahí mismo por donde
viniste", explica Ramón Ramos, "lo hicieron los rusos en 24 horas para
que pasaran los famosos misiles".

"Yo vi pasar dos cohetes", confiesa al fin Isabel Subbond. "Eran del
largo de la tienda esta, y cuida'o no fueran más grandes. Por aquí mismo
pasaron".

Reinaldo se sitúa al centro de la conversación:

"El hermano mío andaba con los rusos. Iban a mi casa, hacían comelatas,
porque uno de ellos estaba enamorado de mi hermana. Yo era pichón,
tendría diez o 12 años".

"Había una luna como el día", adopta el tono de un cuento guajiro, "y
yo sentía la bulla de los rusos en la base. Sentí cosas hablando, me
imagino que eran películas. Se oía claritico. Parecía que aquello estaba
dentro de la caña. ¡Y me asusté!"

Roberto, uno de los hermanos de Reinaldo, también oyó las canciones rusas.

"Ponían buena música, bonita. ¡Y tomaban, carajo! Alcohol de tienda
tomaban. El viejo mío les cambiaba alcohol por botas y zapatos. Hasta la
ropa vendían. Querían alcohol para tomar".

"También les gustaba mucho el frutal", agrega Jerónimo, un octogenario.
"Guayabas les ofrecimos una vez. 'No, guayabas no son normales', nos
dijeron".

"'¡Ay, qué buena!'", Bárbara Valdespino finge el acento ruso, "pero al
otro día no podían ir al baño".

"Metieron la base en las tierras que eran de nosotros", Jerónimo se
molesta. "Las partieron por el medio. Tres postas había. Nosotros nos
quedamos en los límites que nos dejaron. Yo estaba construyendo para
casarme".

"'¡Comandire, comandire!'", engola Roberto Ríos. "Había un 'comandire'
que los cogía presos, los metía en una jaula, ¡los castigaba! Tenían
rusos malos ahí".

"¿Y cómo se comunicaban los rusos con ustedes? ¿Hablaban español?"

"Hablaban como podían. A muchos se les entendía algo. A las mujeres les
decían 'señorita'. 'Señorita, cinco pesos'. Tocaban las puertas de las
casas: 'Cinco pesos'. Querían cogerse a las mujeres por cinco pesos".

"¿Y las 'señoritas' cómo reaccionaban?"

"Las 'señoritas' lo que hacían era huirles. Rusos feos, albinos. ¡Qué
va! Todas les tenían un miedo…"

Un camino despejado

La base soviética está junto al batey. A unos tres kilómetros. El camino
anda abierto, despejado, y transcurre bajo una bóveda de follaje.

La espesura se hace más densa. La senda, estrechísima, es intermitente.
La selva tropical se tragó la base. Equivalen a leguas los últimos
metros. La morada de los misiles se disimula bajo el verde, mejor
camuflada que en la época del Ejército Rojo.

"La nave está ahí, ¡una clase de nave!", decía Reinaldo hace un rato en
el batey, exclamativo, hiperbólico. "¡Caben unos cuantos cohetes ahí!"

Y ahí está. El muro de bloques la cierra por el fondo. La boca podría
tragarse cualquier obra maestra de la carrera armamentista, pero es la
manigua quien va ocupando la nave, arsenal o hangar. La bóveda rezuma.
Afuera sobrevive una tarja rota. Se supone que quisieron dejar fe de la
exitosa Operación Anádir.

Leo los fragmentos. Dice "pueb…" —¿pueblo?— en alguna parte. Al extremo
hay una fecha incompleta y una pista inconfundible de los misiles:
"R-12", la denominación de uno de los primeros misiles balísticos
intercontinentales.

Desaparecida la URSS, Cuba tan vapuleada por su incontinencia histórica,
nadie reclama esta reliquia de la Guerra Fría. Ni museo ni
excursionistas. Ni el miedo en la memoria. Porque los cubanos estaban
distraídos, festivos, irresolutos. "Se hablaba de la guerra pero sin
miedo, como si no fuera a tocarnos". Ron por zapatos. Y al cohete de
atrezo, a esa frivolidad nuestra, no le llega el turno de estallar.

Source: Los cubanos disparan un cohete de atrezo | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1470835241_24503.html
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