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Friday, August 12, 2016

La leyenda del Comandante Campeador

La leyenda del Comandante Campeador
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 12 de Agosto de 2016 - 05:10 CEST.

Suelen los pueblos necesitados de héroes construir sus propias leyendas
épicas. No hay uno solo que pueda escapar a esa necesidad. Es parte del
ADN social. Sobre las historias de héroes y mártires asienta la cultura,
la política, la gobernanza. Las leyendas usan elementos de la realidad y
la ficción para terminar erigiendo el mito. Y el mito, un relato sobre
personas y hechos sobrenaturales, llega a formar parte del sistema de
creencias, de la fe y no de la razón de los pueblos. Una vez creada la
mitología es difícil borrarla del imaginario popular pues son los
propios pueblos quienes la alimentan, aunque causen daño a las personas
que le dan vida.

La mayor y más antigua leyenda de nuestra ascendencia hispana se pierde
en los reinos ibéricos, a principios del milenio pasado. La literatura y
la historia la recogen como del Cid Campeador. Rodrigo Díaz, el nombre
real detrás del Cid, ha sido objeto de polémica por casi un milenio.
Algunos datos lo sitúan como un caballero castellano cuya única valía
fue liderar su propia tropa sin servir a otros reyes y poderes; un
outsider, un adelantado. Otros ponen al Cid como el líder iniciador de
las guerras de Reconquista. Y en una valoración diferente, Rodrigo Díaz
es el campeador —guerrero de batallas campales— cuyo eficiente
mercenarismo lo convirtió en héroe nacional al inspirar el poema épico
El Cantar del Mío Cid.

Vale la incursión histórica para saber que el Máximo Líder cubano ha
vivido lo suficiente como para, cual Cid, convertirse en leyenda y,
finalmente, mito. No sabemos si al marcharse de este mundo su recuerdo
pervivirá para formar parte de la mitología del pueblo insular. O si una
tropa de desmitificadores se dará a la tarea de convertir la ficción
legendaria en una triste y dura realidad para esa parte del pueblo
cubano que, a pesar de todo, aún lo considera ente imprescindible del
espíritu nacional. Esfuerzos de ambos lados no faltan, y ahora que llega
a la inusual edad de nueve décadas, todo parece indicar que hay un
esfuerzo pertinaz por terminar de construir el hombre-mito antes de que
pase a otra dimensión de la existencia.

Para celebrar el onomástico, según el mismo quizás uno de los últimos,
no bastan conciertos de música, ballets, poemas, testimonios,
exposiciones gráficas, documentales y agasajos extranjeros. Es lógico,
al menos las felicitaciones de quienes no lo han sufrido. Ha sido una
presencia esencial en la política de los últimos 60 años, y ha sido
actor de primera línea en la llamada Guerra Fría. La historia podrá no
absolverlo, pero no puede ignorarlo. Sin embargo, parece difícil de
hallar en los cientos de discursos pronunciados a lo largo de seis
décadas una sola idea original, un aporte teórico al marxismo, una frase
de amor y reconciliación para un pueblo que ha vivido en una pugnacidad
constante.

Lo que sí ha hecho el Comandante Campeador es derrotar la mala suerte en
cada campo de batalla, y salir victorioso, por las razones o sinrazones
que sean, enterrando a muchos enemigos y a no pocos amigos. Sobrevivió a
la persecución gansteril en sus años universitarios cuando lo acusaron
de un asesinato; sobrevivió al Moncada, una empresa suicida donde
murieron o fueron presos casi todos los asaltantes; salió vivo y
amnistiado del Presidio Modelo, después de envenenarle la comida un par
de veces; sobrevivió al fracasado desembarco del yate Granma y al
infierno de Alegría de Pío; en la Sierra Maestra escapó de los cercos de
miles de hombres, y a los bombardeos de la aviación; pudo vencer la
invasión de Playa Girón, cientos de atentados, la caída del campo
socialista, y está sobreviviendo al hundimiento del "Socialismo del
Siglo XXI".

Pero si un pueblo necesita una razón para tener fe ciega en su
inmortalidad, su infalibilidad y su invulnerabilidad, basta un solo
hecho, puramente clínico: un anciano de casi 80 años que sobrevive a un
accidente intestinal grave, es sometido a dos intervenciones quirúrgicas
de gran magnitud y sigue vivo diez años después. Olvidemos por un
instante la rótula y el hombro fracturado tras una caída simple pero muy
simbólica, años atrás.

Pero leyenda, el relato mítico comienza a crecer cuando el personaje se
ausenta de los vivos, y como el difunto Hugo Chávez, se aparece en forma
de pájaro, en la fachada de un edificio, camina entre las tinieblas de
la noche. ¿Qué hará el pueblo cubano de la Isla al llegar ese instante
en que "todo alcanza su definición mejor"? ¿Podrán los dirigentes
cubanos proseguir el castrismo sin Castro Mayor, pero sustentados por un
mito, por una población que lo venere como un semidiós?

¿Cómo quedará dentro de cada cubano la leyenda del Comandante Campeador
una vez que se haya ido, una presencia que nos ha acompañado durante
toda nuestra existencia? Probablemente poco habrá que rescatar de su
pensamiento, cuyas ideas ilógicas, poco originales y francamente
antimarxistas no resisten una discusión académica seria.

Lo que sí deberán aprender de él los políticos que así lo deseen es cómo
ser un sobreviviente político; como evadir o enfrentar el peligro; cómo
convertir el más rotundo revés en victoria; cómo, para alcanzar una
meta, no importa lo que haya que sacrificar.

Source: La leyenda del Comandante Campeador | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1470920717_24524.html
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