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Wednesday, January 10, 2007

Una Lectura a Destiempo de la Parabola del Buen Samaritano

Una Lectura a Destiempo de la Parábola del Buen Samaritano
2007-01-09
Eloy A González

Dicen que un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó….., así comienza la
parábola del Buen Samaritano que todos conocemos, pero no es de esto de
lo que quiero hablarles. Les traigo la historia de una mujer enigmática
y entregada al amor al prójimo que conocí en La Habana por los años
iniciales de la década de los 90's.

Tal vez la mujer no tenia nada de enigmática, era tan real como muchos
de los personajes que hoy vienen a mi memoria y sobre los cuales me
empeño en escribir. Esta es una evocación de una mujer contrastada por
la pobreza y dedicada a pensar y actuar para los demás.

Fue tan breve el paso de esta mujer que no recuerdo ni su nombre, la vi
por primera vez en una reunión conspirativa en la casa de G. en la Calle
San Lázaro de La Habana. Era una mujer de unos 50 años de edad marcada
por el tiempo y los sufrimientos que habían añadido años a su rostro
demacrado. De tez oscura y rasgos indígenas, exhibía una exagerada
delgadez y un aspecto de extrema pobreza; sus infortunados vestidos se
sostenían a penas cubriendo aquel cuerpo descarnado.

En aquella sala se hablaba rápido y se conspiraba, la historia parecía
impaciente. Ella permanecía ajena a lo que allí se trataba tanto como a
los participantes de aquella reunión. Me acerqué y conversamos sin
reserva alguna. Mi primera pregunta estuvo dirigida a su origen ya que
sin duda no era cubana. En efecto aquella mujer era de origen mexicano y
había emigrado a Cuba siendo muy joven, era Testigo de Jehová, me lo
dijo sin reservas. Estaba allí buscando ayuda para conseguir y enviar
algunos alimentos para los presos. "No hago política, sólo ayudo a los
necesitados", me dijo con determinación.

Cuando alcanzó a hablar, fue para explicar sobre algunas familias de
presos que no tenían medios para hacerle llegar alimentos a sus
familiares en las cárceles y como se acercaban las fechas de las
visitas, era apremiante conseguir al menos algunos alimentos básicos
para llevarles, esto es : azúcar y pan. Esperó un momento la respuesta
de los allí reunidos y miró a cada uno de los presente con mirada
desafiante. Se decidió darle una cantidad de dinero que se reunió de
inmediato, y la posibilidad de que unos días después pasara a buscar
azúcar y pan que se comprarían en el mercado negro.

Se levantó para irse no sin antes, acercase a donde me encontraba
sentado para pedirme que le consiguiera para ella una versión Reina
Varela de la Biblia, acordamos hacer un intercambio con su versión
popular. Este fue el fin de mi Biblia que me había acompañado durante
tantos años, sin embargo pensé que estaba en buenas manos; las de esta
mujer dada a practicar el amor al prójimo.

Estos hechos ocurrieron en el 1991. Ese mismo día y mientras
almorzábamos G. me contó que aquella mujer,- a pesar de su condición de
extranjera -, había sido objeto de múltiples detenciones y golpizas.
Vivía en la extrema pobreza y no molestaba a nadie con sus ideas
religiosas apegadas a su denominación; dedicaba todo su tiempo a ayudar
a los más desfavorecidos. Su condición de ciudadana mexicana no era un
argumento ni para solicitar respeto a su persona de parte de las
autoridades ni para considerar salir al exterior como muchos le
aconsejaban.

Esta buena samaritana sé adecuaba al concepto no idóneo que trata de
enseñar la conocida parábola. Mujer, extranjera, Testigo de Jehová,
pobre y maltrecha. Ni su rostro indígena oscuro y surcado por las
arrugas prematuras, le hacían merecedora de la más mínima atención. Por
esta mujer bien se podía sentir desprecio tan sólo de mirarla. Sin
embargo estaba en aquel lugar recabando ayuda para las personas que, en
el camino a Jericó, habían sido saqueados. Esta mujer no disponía de
tiempo para atender las discusiones y la multitud de ideas que en
aquella reunión de conspiradores,- en el mejor sentido de la palabra -,
se producían. Para ella lo más inexcusable era ayudar a los
menospreciados y vilipendiados. Practicaba la caridad y mostraba una
misericordia sin par, sabia que aun ella,- que apenas podía sostenerse
en pie -, podía dar y recibir.

Andaba por las casas visitando y apoyando a los que sufrían; perdonaba a
los que les golpeaban y compartía el pan con sus vecinos tan hambrientos
como ella. Visitaba a los enfermos. Era parte de las tristezas y las
penurias de los más menesterosos y hacia el bien. Llevaba las cargas de
los demás, sin quejas lastimosas.

He reflexionado mucho en todo lo que esta mujer representa. Es fácil
hacer algunas que otras obras de caridad y expresiones de misericordia
en estos días de Navidad, viviendo en Libertad y disfrutando de las
bondades de una sociedad marcada por la opulencia. Es fácil repartir
algo de lo que cae de la mesa. Pero la imagen de aquella mujer viviendo
en la miseria y andando las calles de La Habana buscando que comer para
llevarle a los presos, es algo que a pesar del tiempo, me produce una
sensación de desafío difícil de describir.

Me encontré de nuevo con ella en septiembre del 1994, en casa de G.
andaban en los trajines de atender y trasladar a lugares más seguros a
algunos jóvenes que habían participado en las manifestaciones en La
Habana en agosto de ese mismo año, en lo que conoce como "El
Maleconazo". Curaron y cuidaron de los jóvenes hasta que pasó el peligro
de que fueran detenidos. De nuevo la buena samaritana estaba haciendo lo
que consideraba que debía hacer…., andando por el camino a Jericó.

Aquel día G. me pidió que la llevara a su casa, en el camino no me
indicó la dirección, cuando el auto se desplazaba por la calle Galiano
me dijo súbitamente que la dejara en la próxima esquina, así lo hice.
Fue la última vez que la vi, parada en la esquina de San Miguel y
Galiano; quien sabe que propósitos siempre buenos la condujeron a aquel
sitio. Dice San Agustín que "con el amor al prójimo el pobre se hace
rico". Creo que ella andaba en esos menesteres, buscando hacerse rica.

Hasta aquí sólo me queda hacer una pregunta. ¿Quien fue el prójimo en
Centro Habana y en aquellos días que hoy relato? La respuesta es
sencilla: la que hizo misericordia con los agraviados, con los pobres,
con los presos y con los jóvenes heridos. La que los escondió de las
autoridades y cuidó de sus heridas.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=8406

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