Un hombre tranquilo
Gustavo Arcos Bergnes era un demócrata que se hizo libre él solo, que no
oyó los cantos de igualdad porque conocía muy bien a los cantores.
Raúl Rivero, Madrid
viernes 11 de agosto de 2006 6:00:00
Me gustaba ir a la casa de Gustavo Arcos. Llegar a cualquier hora y
sorprenderlo, en aquel cuarto mínimo con un balconcito de juguete,
leyendo libros de historia, escribiendo en unas largas hojas blancas o
en una conversación particular con sus mascotas, unos pericos
caprichosos y desconfiados que comían en su mano.
Me gustaba porque la plática podía empezar por la vida de Napoleón
Bonaparte, seguir hasta unos pasajes de la historia de España, para
desembocar, sin remedio, en la noche de Cuba, en los caminos ciegos y la
necesidad de trabajar todos los días como si la dictadura fuera a
desaparecer mañana.
Allí se podía hablar cualquier tema. Era de esos conversadores con
brújulas y agenda. Ningún asunto se quedaba en el aire. Hablaba en tonos
bajos pero con energía y le ponía acento a una oración cuando se pasaba
las dos manos por la pierna herida en el asalto al Cuartel Moncada, como
si con ese gesto se quitara el dolor. "Esta pierna caramba", decía y
cambiaba de posición en el balance enorme —su trono doméstico— donde el
mimbre desertaba sin pudor.
Si la charla derivaba hacia la literatura, dejaba que pasaran otros
nombres y esperaba emboscado que apareciera el de Guillermo Cabrera
Infante, su attaché cultural cuando, después de 1959, lo nombraron
embajador en los Países Bajos. Entonces se lanzaba.
El funcionario diplomático que pudo ser Guillermo no le interesaba para
nada. Era el escritor de Tres tristes tigres como amigo, como cubano,
como la voz que seguía viva en los noventa en el auricular del teléfono
colectivo de la casa que Gustavo y Teresita compartían con otras
familias en El vedado.
A la hora de hablar de familia, llegaban todos los de la vieja casa de
Caibarién, aunque sus hermanos Luis y Sebastián (y su sobrino Arcos
Casabón) eran los personajes favoritos y él los metía de todas formas en
la salita que presidía un tapiz extraño que fue mandado a hacer con un
desgarrón en una esquina.
"Tere, ¿nos podremos tomar un jugo de naranja?". Eso quería decir que
nos quedaba otra hora hasta el café de despedida porque él, a veces,
tenía que acostarse un rato para que la pierna del balazo lo dejara
tranquilo.
Un amigo que cantaba las cuarenta
Por los años de cárcel casi nunca pasaba, ni por las soledades de los
años ochenta, junto a Ricardo Bofill y Sebastián para que comenzara a
conocerse en medio de aquel cerco la importancia de la lucha pacífica y
de los derechos de los seres humanos. Sobre eso, muy poco.
Yo creo que mucha gente iba a buscar fuerza, confianza, valor para
encontrar puntos de contactos en la diversidad del pensamiento. A verlo
en su entereza y en su austeridad, a escucharlo decir lo que pensaba no
como un viejo maestro encapotado sino como un amigo que canta las cuarenta.
Gustavo Arcos Bergnes no fue tampoco un santurrón, ni uno de esos
hombres patéticos que creen que tienen toda la verdad. Era un demócrata
que se hizo libre él solo, que no oyó los cantos de igualdad porque
conocía muy bien a los cantores.
A mi me gustaba ir a aquella casa gris. A verlo, a escucharlo en su
entorno porque el país donde vivíamos, en sus palabras por lo menos, se
convertía en una nación amable y abierta a la esperanza.
Yo hace mucho tiempo que no puedo ir a esa casa. Gustavo salió el martes
muy temprano y ya no va a volver más nunca a aquella sala.
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/articulos/un_hombre_tranquilo
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